FUEGO AMIGO
Campos centenarios
La inclinación estival de los festejos ha acabado relegando desde mediados de abril a junio el centenario de Campos de Castilla (1912), de Antonio Machado, que propicia un encuentro impagable con la poesía esencial, apetecible al cabo de un siglo. Es verdad que aquel libro no era todavía el que resultó al cabo de cinco años y que es el que hoy leemos. Aunque ya en su primera salida el volumen incorporó el romance de La tierra de Alvargonzález , para doblar el número de páginas y cobrar ochenta duros y no la mitad. Pero el editor Gregorio Martínez Sierra era un acreditado tramposo, que no iba a dejarse engañar por un poeta. Tanto que logró figurar en la historia de la literatura sin haber escrito nunca una línea. Se las pergeñaba su mujer, María Lejárraga, incluso después de la separación.
La tirada fue de 2.300 ejemplares pero Machado sólo cobró trescientas pesetas. Sin embargo, su éxito situó al poeta en la cima y le ayudó a superar el derrumbe que le golpeó enseguida con la muerte de Leonor, el 1 de agosto de 2012. Llevaba un año enferma y el poeta la subía cada tarde en una silla de ruedas a respirar y tomar el sol en el Mirón. Esta estancia soriana nos legó sus versos más hermosos, los poemas al Duero, la doliente denuncia del cainismo, el canto a los paisajes fríos y puros. Pero sus cartas de aquel tiempo a Unamuno y Juan Ramón muestran nubes de suicidio. Los versos de Machado enlazan su origen andaluz y su vocación castellana, combinan paisajes y emociones, apresan la fatiga de una tierra abatida por el peso de los siglos. El austero cromatismo de aquellos escenarios fascina a Azorín. En cambio, Ortega resalta el timbre de una voz limpia, que debe avanzar en el despojo de adornos descriptivos. Unamuno y Juan Ramón prefieren el ritmo y el poso de sus proverbios y cantares, prendidos en la estela del judío carrionés Sem Tob.
De 1924 a 1931, su hermano Francisco recaló en León como director de la prisión provincial, instalada entonces en Puerta Castillo. Francisco Machado cultivaba la copla como letrista y en esa afición encontró la complicidad de Paco Pérez Herrero, quien años después todavía ponderaba el éxito de sus estrenos en las verbenas del Paraíso, al otro lado del río. También Crémer, que no era dado a esas músicas, echaba el rato con él en los veladores del Iris. La presencia del hermano en León movió las visitas de Antonio ya desde Segovia. La ciudad le debe el soneto que dibuja sus caminos «entre chopos de candela». No fue el único tributo del poeta a León. En Los complementarios aparece Froilán Meneses (leonés) entre los doce líricos responsables del Cancionero apócrifo . Un nieto suyo de igual nombre inscribe sus versos en el Parnasillo provincial de poetas apócrifos .