Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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Esta semana, de domingo a domingo, se conmemoran los sesenta años del Congreso de Poesía de Segovia, un encuentro que permitió sintonizar, por primera vez en la posguerra, las voces del diálogo. La suma de plenitudes de una España diversa, todavía aterida por la larga sombra del miedo. Hubo otros dos congresos sucesivos, en Salamanca y Santiago, pero ya ninguno alcanzaría la relevancia del segoviano. A Salamanca llevaron a los poetas para adornar el doctorado universitario de Franco y a Santiago porque era jacobeo y para evitar acercarse a la Granada de Lorca. Aquel momento fundacional de tantos intentos lo han estudiado cabalmente José Luis Puerto y el catalán Jordi Amat.

También recorre la memoria literaria de la época. Cada testigo arrima el ascua a su sardina. Torroella comenta el pedido de Panero: «que se vetara por motivaciones políticas a José Luis Cano y a Leopoldo de Luis». Otros recapitulan nombres y episodios de aquella estancia semanal: la propuesta del telegrama a Juan Ramón Jiménez, que Eugenio Montes desmontó con la solicitud de otro a Franco; la apertura con misa de Sopeña; los gamberreos colegiales de Cela o Adriano del Valle; las excursiones y visitas; los manejos previos de Aleixandre, para dejar fuera del convivio a Pemán y a Foxá, como requisito para que acudieran los catalanes. Ricardo Gullón participó con una conferencia notable sobre los poetas de la república.

Dos años más tarde, emprenderían su ruta las Jornadas literarias anuales comandadas por Gaspar Gómez de la Serna, que a la novena recalarían en Segovia, después de recorrer la Tierra de Campos. El Café Gijón ambulante, lo llamó Delibes. A estas andanzas se apuntó Crémer. En 1955, Salamanca acogió las primeras Conversaciones de Cine, fruto del mismo intento de apertura. En el congreso de Segovia coincidieron catalanes vueltos del exilio, unos pocos europeos, unos cuantos hispanoamericanos, algunos españoles de la resistencia interior y el nutrido tropel de los líricos de ordenanza. De Dámaso o Gerardo, a Caballero Bonald o Valente. Al timón de la idea, Ridruejo, y aplicado a su gestión, Rafael Santos Torroella, que había culminado con éxito un año antes los auxilios a la primera Bienal de Arte dirigida por Panero.

Eran los primeros atisbos de la política cultural comprensiva puesta en marcha por el ministerio de Ruiz Giménez, que iba a caer con las revueltas estudiantiles de 1956. Segovia, «la ciudad quieta, gris y dorada, con una intensa fragancia de tilos», mantuvo viva la presencia de Juan de la Cruz y la memoria de Machado. El acontecimiento segoviano desvela la tenacidad en el esfuerzo de Dionisio Ridruejo por suturar las heridas de la contienda. Este año se cumple su centenario, pero apenas se recuerda.

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