Diario de León
Publicado por
MIGUEL PAZ CABANAS
León

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Nuestros vecinos gallegos («cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar») han decidido recuperar métodos pedagógicos de mediados del siglo pasado y, bajo el eufemismo de escuelas unitarias (cómo nos engañan con el lenguaje, querido lector), pretenden juntar en la misma aula a niños de entre seis y doce años (seguramente se colará alguno de cinco nacido en diciembre, y otro de trece repetidor, por lo que las edades serán más elásticas), aunque ignoramos si acudirán con el mismo estuche y el mismo uniforme escolar. Hablan, diremos que con cierta desfachatez académica, de veintitantos niños por clase, aunque no debería extrañarnos que la ratio fuera subiendo según vaya empeorando la prima de riesgo, o nos coloquen la jodida deuda más cerca de los bonos basura. Pobres alumnos, tristes madres, desesperados maestros.

Todo esto nos produce una sensación de vértigo y, en la penumbra de la memoria, de melancólica perplejidad. Súbitamente regresamos a un pasado que creíamos circunscrito a las películas sobre la posguerra, a una época de garrapatas chuponas y niños con un rubor tísico en las mejillas. A un paisaje de tajos y desmontes por donde sube a lomos de una burra el maestro, mientras grazna y revolea sobre su cabeza una bandada de cuervos. O sea, pura poesía pastoril.

Habrá quien diga que de aquellos colegios helados salieron españoles bien curtidos, los mismos que, maleta en ristre, se iban luego camino de Alemania, a partirse el espinazo en fábricas de pistones monstruosos y grasientos. Ya te digo. Mi padre, a veces, recuerda su paso efímero por una escuela atestada de niños y piojos, donde un maestro cavernícola repartía verdugones incluso al que se sonaba los mocos y, contra lo que pueda parecer, no lo hace con ninguna nostalgia. Lo que sí evoca feliz son los días en que, convertido en cazador furtivo, se escapaba de clase para ir a cazar conejos, mientras la pareja de la Guardia Civil le perseguía gritando «¡date, date!» en medio de las escobas. A lo mejor lo que hay que recobrar de esos tiempos no son las aulas pobladas de analfabetos, sino la insolencia y la temeridad juvenil de quien, azuzado por el hambre, atravesaba el monte para enfrentarse solo al mundo.

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