Diario de León
Publicado por
Pedro Rabanillo Martín
León

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En estos momentos de aciaga incertidumbre en la que se mueve el desbarajuste económico y social debido a la inacción de una recua que no atendió más que a los dictados del pesebre, esta pobre patria nuestra deambula tanto en ambientes internos como foráneos con la fama y el estigma de mala gestión para acabar con el caos actual y la nostalgia de un venturoso pasado.

No tratamos de invocar catastrofismos esperando que el azar nos premie con soluciones milagrosas, ni entregarnos a un victimismo sin esperanza, sino solamente aportar nuestra modesta visión, con vehemencia bien intencionada y la clara certeza de que este gravísimo problema tiene una fácil solución. Es posible que esta aseveración cause una enorme sorpresa e incredulidad en los ambientes políticos, y en los «aquelarres» que las tertulias radiofónicas y televisivas nos dispensan a diario. ¿Cómo encajar la cura de una gravísima enfermedad con la simple ingestión de un vaso de agua? Como realidad más extendida tenemos que la principal causa de esta imparable crisis viene del incontenible auge que se dio en el campo de la construcción, creándose un tapón insalvable en la salida de viviendas y locales una vez agotado el fácil acceso a la hipoteca y crédito barato, acelerando un parón que dejó al sector colapsado, a la intemperie y sin «paraguas», no pudiendo soslayar el azote del tormentoso vendaval. De este maremágnum trataron de aprovecharse cajas y bancos, y hoy están padeciendo el tragantón de su codicia. Si es que la falta de liquidez y moderación financiera se deriva de este inmenso stock que se les resiste, las entidades afectadas deberían hacer una liquidación en regla ofreciendo precios altamente atractivos. No es justo que traten de colocar viviendas y locales a lo que con cierto énfasis llaman «precios de mercado». No olvidemos que el abuso de los altos precios que se produjo con el boom de una desmedida e incoherente demanda y forzada comercialización debe pasar a la historia y mirar al futuro con el realismo que exige la situación actual. No es de recibo que el arreglo de las penurias de los bancos y cajas se solucione con dinero público permaneciendo inamovibles los stocks causantes de este inexorable estado de emergencia.

Siguiendo el ritmo de nuestras vehementes propuestas, y más saliendo de un ciudadano de muy modesta formación, manifestamos rotundamente que tenemos derecho a opinar, sobre todo cuando los especialistas y doctos en la materia fallan de manera ostensible lanzando lamentos de pesimismo que los medios tratan de airear con cierta indiscreción y exceso de rigor informativo, sometiendo a la ciudadanía a una dramática desesperanza y anímica repulsión. Colocado uno de los pilares que puede sujetar el edificio de la ruinosa economía, que aguante el embate maniobrero de las llamadas agencias de calificación —más bien de destrucción masiva— y altos prebostes de la Europa indeseada —anotemos el italiano Draghi— avanzamos el segundo soporte que no admite negativas irresponsables de quienes pueden y deben ponerlo en práctica.

Nos referimos a la escalofriante cifra que enmarcamos en este trabajo de la que viven los/as 500.000 políticos/as, ocupándose más de los asuntos personales que de la obligación de ejercer con dignidad los cargos para los que han sido elegidos. Siempre con las excepciones de rigor.

Esos 30.000 millones que reparten anualmente mediante retribuciones escalonadas y consensos por unanimidad de los partidos representados, deberían servir de cortafuegos para apagar el incendio económico y social que está destruyendo todos los parámetros de sostenibilidad que requieren la gobernanza de un gran país como es España.

¿Se imaginan el volumen de activos contantes y sonantes que se conseguirían si los políticos/as en su totalidad, con carácter provisional, renunciaran al menos a la mitad de los incentivos que reciben, que en conciencia no representarían tanto sacrificio debido al suculento monto de sus retribuciones y que en casi nada laminarían el valor de sus rentas? Celebraríamos este magnánimo «esfuerzo». Por contra no podemos sino lamentarnos de la penosa situación por la que están pasando los cientos de miles de familias que reciben ayudas miserables, y las más de millón y medio que tienen a todos sus miembros en el paro y a las que s61o les quedan los comedores sociales por el tiempo que dure su sostenibilidad. Por tanto huelga decir que sólo puede ser calificado de inclemencia el hecho de no adoptar tan ejemplar postura.

Si a los recortes que el Gobierno va poniendo en marcha, sumamos los recursos que aquí demandamos, obtendríamos un montante muy considerable que serviría de soporte para acallar los lances especulativos que nos envían desde el exterior. No debemos seguir siendo la mofa de Europa, ni víctimas propiciatorias de los contubernios que forman las mafias de la especulación económica. Tenemos que salir nosotros solos, para lo cual es necesario añadir y aportar otros alicientes y medidas que nos ayuden a recuperar la buena imagen perdida.

No entendemos que el PSOE, hoy en la oposición, que nos dejó a la deriva, se dedique a empujarnos al tenebroso mar sin fondo de la ruina económica estorbando a los que tratan de lanzarnos salvavidas para recobrar el aliento y la orilla de la salvación, mintiendo con descaro en sus acciones y soliviantando a esa parte de la sociedad que aún cree en la hipocresía y cinismo de sus sarcásticos enjuagues. Esperamos que lo antes posible se renueve, imponiendo el sentido común e incorporando a la dirección a personas altamente cualificadas, de las que cuenta con un buen arsenal, para que colaboren con generosidad en la tarea de salir a flote del maldito naufragio.

En cuanto a los demás partidos que forman el tinglado del Legislativo, debieran ponerse las pilas y acabar con los sectarismos que rigen sus particulares filosofías y colaborar sin contrapartidas para salir del atolladero. Los que se autodenominan de izquierda están dando una pésima imagen con esperpénticas reivindicaciones, que no solamente no ayudaran a la normalidad, sino que de aferrarnos a sus consignas terminaríamos en aledaños tercermundistas.

En cuanto a la calle, resulta penoso el cúmulo de manifestaciones y huelgas, a cargo de los grupos de presión que son los sindicatos y fuerzas «ocultas» que tanto daño causan a quienes siguen sus consignas, con el único fin de salvar su status.

España es mucho más que la imagen que pintan los extremistas disociados de la razón y convivencia pacífica.

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