Diario de León
Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES LASO. escritor
León

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Promonumenta, Asociación del Patrimonio Cultural de León, ha estado presente en la 31.ª reunión de asociaciones y entidades españolas para la defensa del patrimonio cultural y su entorno que lleva a cabo todos los años Hispania Nostra. Los actos han tenido lugar este año en las ciudades aragonesas de Tarazona y Borja. Entre ellos cabe destacar la explicación pormenorizada in situ de la rehabilitación de la catedral de Tarazona, visita obligada para todos aquellos amantes del arte por su extraordinaria belleza y para saber cómo se puede salvar un monumento a punto de ser demolido, tras varios siglos de incuria y abandono y casi treinta años de concienzudo trabajo de reconstrucción. Cabe subrayar también la rehabilitación de la Casa de Aguilar, sede del Centro de Estudios Borjanos, dependiente de la Institución Fernando el Católico, con una biblioteca de más de 30.000 ejemplares.

No hemos podido reprimir una envidia sana al comparar esta magnífica sede con la que tenemos los defensores del patrimonio leonés, ubicada en la que fue cocina del antiguo Colegio de Huérfanos Ferroviarios, y eso gracias a la gentileza del Excmo. Ayuntamiento. ¡Qué mudanza más idónea sería su traslado a la Casa del Peregrino, al ladito mismo de uno de nuestros más emblemáticos monumentos, hoy desocupada por el desplazamiento de las hasta hace unos meses oficinas del Procurador del Común!

Aprovechamos la estancia en la región aragonesa para visitar un monumento muy singular: el viejo Belchite. El topónimo proviene de la antigua Belia, donde la tradición sitúa la muerte del cartaginés Amílcar Barca y la realidad el nacimiento de la madre de Juan Manuel Serrat. El topónimo primitivo se cruzó probablemente con el latino: «bello sitio», que nuestra más reciente lucha fratricida acabó desvirtuándolo del todo al convertir su realidad física en auténtico espantajo.

Sabido es —o debería de saberse— que el 24 de agosto de 1937 el Ejército Republicano inició el asedio de Belchite, y que los Nacionales resistieron hasta el 6 de septiembre los envites de los primeros. El pueblo, que disponía de varias iglesias y conventos de notable valor artístico, quedó completamente destruido, y la población, que contaba entonces con 5.000 habitantes, fue reducida a 2.000. Los supervivientes apilaban los cientos de cadáveres en el trujal, prensa donde días antes se estrujaba la aceituna.

Franco decidió construir un nuevo Belchite y dejar intactas las ruinas del primitivo como prueba de la «barbarie roja». Ningún vestigio ha quedado ni de Guernica ni de la reclusión en San Marcos (de éste ni siquiera el libro de altas y bajas de los más de 7.000 hacinados) para perpetuar la «barbarie azul». La reconstrucción del nuevo Belchite corrió a cargo de la Dirección General de Regiones Devastadas, para lo cual se estableció en las proximidades de la localidad una colonia penal de más de mil presos republicanos, cuyos vestigios se conocen hoy con el nombre de «Rusia». Muchos murieron y sus cuerpos fueron también arrojados a cualquier trujal. Por su parte, los hijos y nietos de los supervivientes acuden todos los años al pueblo viejo y depositan flores entre los escombros. Algunas son rojas, otras son azules. Las lluvias, hielos y nieves han continuado la labor de pudrición emprendida por los estampidos de obuses, balas, bombas, granadas y morteros. Cuenta Aníbal Malvar que «las ruinas del viejo Belchite sirven para que los jóvenes hagan su botellón los veranos. Incluso convirtieron una de las viejas casas de la fantasmal Calle Real en un club ocupa bautizado como Hostal de los Abstemios». Pese a su estado verdaderamente deplorable, al Belchite viejo se acercan todos los años muchas personas. A uno se le ocurre ¡qué gran oportunidad perdida!, tanto pública como privada, en época de salud económica más propicia y liberada ya del influjo dictatorial, de haber convertido el Belchite viejo en un parque temático de la Guerra Civil. Hubiera sido un buen paso para asentar ecuánimemente el episodio más funesto de nuestra historia reciente, como, por ejemplo, lo realizado en las instalaciones del campo de concentración austriaco de Mauthausen, donde una treintena de leoneses dejó su vida. O lo realizado en Italia por iniciativa particular, pero con ayuda estatal, en la llamada Piana delle Orme. Se trata de un parque temático de 16 enormes pabellones donde, además de los destinados a la historia del juguete, al transporte naval y aéreo, y a cómo se reconvirtió, durante la época de Mussolini, de pantanoso y palúdico a fértil el terreno de Pontinia, te puedes deleitar con los episodios con participación italiana en la Segunda Guerra mundial (Montecassino, El Alamein, Anzio, etc), con aporte de maquinaria ligera y pesada rescatada del campo de batalla.

Volviendo al viejo Belchite, si uno se acerca a lo que resta de la Iglesia de San Martín, puede leer en la puerta de entrada: «Pueblo viejo de Belchite, ya no te rondan zagales, ya no se oirán las jotas que cantaban nuestros padres». Y con estos versos a uno también se le despierta la vena poética: «He palpado la tragedia de Belchite / hollando las montones de su ruina / de una gesta tan brutal como asesina / que ha dejado a la intemperie aquel envite./ Un olor a silencio y a almazara / se respira pertinaz por el ambiente / y un sentir palpitante de la muerte / se concita con la tarde que se acaba. / No es el mal que a los ojos comparece / desvelado en escombros bajo el cielo / lo que oprime el sentido y lo emblandece; / es el odio cainita que se crece / cuando cumple hermanarse en patrio suelo / lo que al alma conmueve y entristece.

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