FRONTERIZOS
¿En qué momento se jodió el Perú?
Es la una de la madrugada de un sábado de principios de julio. La Gran Vía está cortada al tráfico por la celebración del Día del Orgullo Gay. La temperatura y el ambiente animan a pasear la arteria madrileña ganada durante unas horas por miles de peatones. La mayoría son jóvenes que portan bolsas de plástico y beben en vasos de plástico algún combinado de cola y plástico. Cada paso, barras improvisadas con un par de caballetes compiten con los mercaderes chinos que ofrecen latas de cerveza transportadas en carritos de la compra. A la altura de Callao, el macrobotellón ha convertido el asfalto es un vertedero.
«¿En qué momento se jodió el Perú?»
Seis horas después. El centro de la capital es un lugar invivible. Caminar por el Madrid de los Austrias se ha convertido en un ejercicio de riesgo, sorteando borrachos y montones de basura. Los curdas ejercen su democrático derecho a la fiesta vomitando ruidosamente por todos los orificios corporales. Los vecinos supongo que habrán emigrado o adaptado su descanso a las condiciones de un medio hostil. Entre la fauna calenturienta del amanecer abundan representantes de los países más civilizados de Europa, que deben dejar en la frontera alguna parte de su ADN para mimetizarse con las costumbres locales. La Puerta del Sol es un enorme estercolero.
«¿En qué momento se jodió el Perú?»
Media tarde del domingo. En el metro hay miles de viajeros que van a ver la final de la Eurocopa en la pantalla instalada en el Paseo de la Castellana. Van sonrientes y relajados. Hay una docena de muchachos vociferantes que saltan con euforia sobre los asientos del vagón y beben de una litrona con aspecto de estar a temperatura ambiente. Por si sus camisetas rojigualdas, las banderas y las pinturas en el rostro no fueran suficientes, reivindican insistentemente su condición de españoles mediante cánticos rituales, acompañados por golpes simiescos y risotadas. Unas pocas horas después, las calles de cualquier ciudad española son algarabía alegre pero también un ferial de decibelios por encima de lo soportable.
«¿En qué momento se jodió el Perú?» es la pregunta que se hace Zabalita, el protagonista de la novela de Vargas Llosa «Conversación en la Catedral». Es una pregunta que deberíamos aplicarnos. La degradación masificada de la diversión, la sustitución de la calidad por la cantidad, la despersonalización en el sometimiento a la masa, la absoluta ausencia de sentido de lo público y de respeto a lo ajeno son síntomas de un país con halitosis mental. Tal vez en la respuesta encontremos más responsables anónimos de este permanente estado de resaca económico y social en el que vivimos. Probablemente más de los que, con toda razón, aparecen en los medios.