Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Me topo por la calle con un colega de la prensa digital y me espeta: «¡Hay que ver, con la que hay liada y tú tan sonriente!». Mi primer impulso fue hacerle una llave de judo, pero dado que es más alto me limité a contestar: «No sonrío, tengo la boca así». Una vez en casa, me situé delante del espejo y me escudriñé el rostro, no fuese a ser que se me hubiera instalado sin mi permiso un gesto de satisfacción. Tras el minucioso examen concluí que, en efecto, allí estaba parapetada en mis labios, como un soldado en el frente de Teruel: una pequeña sonrisa. Por si se tratase de un error, llamé a mi mujer, quien la confirmó. Para que no quedasen dudas, preguntamos a los vecinos del octavo. Allí estaba, sutil, pero real. ¡Qué ojo el del colega! Llevo días preguntándome de dónde vendrá la misma, si me pertenece o, simplemente, está de paso, en su vuelo hacia otros rostros. Repasé los últimos ejemplares de Diario de León, por si alguna noticia me hubiese provocado especial hilaridad. Ninguna. Más aún, tras ver la imagen de Marte llego a la conclusión de que es ahí donde me gustaría estar, antes de que líen en el Planeta Rojo una burbuja inmobiliaria.

De haber podido me hubiese desplazado algo más cerca, al Bierzo, a ver la actuación de los Hermanos Calatrava. Tenían ya algo prehistórico cuando servidor era un niño. Sólo escuchar sus nombres se me olvida que en septiembre habrá un pleno sobre el estado de la ciudad. Si además de un bueno y un feo llegan a tener un malo hoy estaban triunfando en Las Vegas. Unos grandes. Quizá la extraña sonrisa me vino de saber que actuarían en esta tierra. ¡Cuánto me reí con ellos de chaval! Ya mozo, me encantó su película Los Hermanos Calatrava contra el imperio del kárate . Algo vapuleada por la crítica, pero a mí me dio más miedo que El Exorcista .

Y sí, qué extraño está todo: Léon, España, el mundo, nosotros mismos. Por fortuna, aún puedes pasear con una sonrisa, o un jirón de ella, sin saber que la llevas puesta, hasta que alguien te avisa. Pero, a veces, dan ganas de proclamar, como Chavela: «Y vámonos/ alejados del mundo/ donde no haya justicias, ni leyes/ no más nuestro amor». Luego, aprietas los puños, sonríes, o algo así, y continúas viviendo.

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