Diario de León
Publicado por
Rubén García Peláez. Profesor del Centro Superior de Estudios Teológicos de León
León

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Las noches de las fiestas leonesas dejaron en junio a su paso, como empieza a ser una penosa tradición, un reguero de basura procedente de botellones incontrolados en las márgenes del río Bernesga. En este mismo periódico se nos daba el «parte de guerra» de las noches de juerga salvaje de algunos de nuestros adolescentes y jóvenes: 3 camiones repletos de vidrios, vasos y basura acumulados en los parques, 7 horas de limpieza extraordinaria de una cuadrilla de operarios, unos 26 comas etílicos atendidos por los servicios de urgencias entre ambas noches… y 4.000 euros que usted y yo, amigo lector, sufragamos con nuestros impuestos municipales y tasas para que otros puedan «divertirse» arruinando su salud desde bien jóvenes. Me temo que situaciones parecidas se puedan estar produciendo en muchos lugares de nuestra geografía.

Haré lo posible para no caer en condenas fáciles, pero debemos reconocer que hemos terminado por aceptar como corriente, poco a poco, lo que nunca debió serlo. Ni es razonable ni es de recibo que entre todos se deban pagar los daños de unos pocos, más aún cuando las administraciones públicas están pidiendo un sacrificio generoso y creciente a todos, dada la actual coyuntura económica. Pero el problema va mucho más allá de lo económico. Es aún más lamentable que no acertemos, como sociedad, a proponer a los jóvenes un modelo de ocio que sea diferente al de beber hasta caerse al suelo. No son todos, evidentemente, pero para muchos adolescentes y jóvenes es una de las actividades propias del disfrute del fin de semana y de las fiestas locales.

Nos está pasando como en la fábula del rey desnudo: ninguno de los cortesanos se atrevía a decirle a su orgullosa majestad que estaba haciendo el ridículo presentándose desnudo y preferían alabar la belleza de sus ropajes. Preferimos guardar un silencio social resignado que termina por hacernos cómplices a todos. Los padres saben que sus hijos beben, los educadores saben que sus alumnos se emborrachan, los responsables municipales saben que muchos de los que han comprado y consumen alcohol indiscriminadamente son menores…, pero todos callamos. Ninguno quiere decirle al rey que está desnudo.

Sin embargo, para hallar una solución, deberíamos empezar por admitir que tenemos un problema. Como sociedad al completo. Admitámoslo y podremos seguir avanzando; no es sano, no es sensato, no es ético, que haya un nutrido porcentaje de nuestros jóvenes que identifiquen diversión con borrachera y/o consumo de drogas. ¿Qué modelos educativos se están aplicando en las familias y en los centros de estudio, para que algo así se termine asumiendo como inevitable?

Quizá el problema de fondo está en que, como sociedad, hemos terminado por abdicar, dadas las dificultades, del esfuerzo educador que, necesariamente, ha de ir mucho más allá de la mera transmisión de conocimientos. Una educación que sea sólo informadora y que no transmita valores, está gravemente cercenada.

Cuando la cultura moderna introduce la sospecha sistemática ante todo lo que pudiera sonar a imposición o recorte de la libertad, la educación se resigna a servir sólo para la adquisición de saberes, olvidando así que el saber más importante a adquirir es precisamente el «saber vivir». Si pierde ese sentido último, la tarea educativa pierde su norte, el educador olvida cuál es su vocación final y el educando pasa de pisar roca a las arenas movedizas.

Tal vez venga bien en este momento citar al Papa Benedicto XVI, considerando que lleva tiempo avisando del grave desafío que supone una verdadera «emergencia educativa» en Europa. En un discurso del año 2010, denunció la extensión sibilina de una supuesta «educación antiautoritaria» que es, en realidad, una renuncia a la tarea de educar; está basada en una concepción falsa de la persona como ser autónomo, que puede desarrollarse por sí mismo en un proceso al que el educador debe asistir sin intervenir. No hay que ser muy sagaz para ver ideas similares como música de fondo de algunas reformas de la educación en España, que han situado a nuestro país 12 puntos por debajo de la media de la Ocde en calidad educativa, según el último Informe Pisa.

Frente a esto, está la concepción cristiana de la persona que nos dice que no somos más que desde el otro, desde el diálogo y la comunión. Solamente partiendo de la idea de que no somos islas, sino continentes (libertad y autonomía conjugadas), es factible educar.

La segunda raíz de la renuncia educativa es el escepticismo y el relativismo, debido a la exclusión de los ámbitos educativos de fuentes seguras que pueden orientar la búsqueda de la verdad profunda que hay en cada persona: la naturaleza y la Revelación.

¿Habrá educadores, padres y maestros, que tengan el coraje de acompañar a las generaciones futuras en el arduo, pero apasionante, camino de descubrir y asimilar la verdad sobre el mundo y sobre ellos mismos? ¿O los abandonaremos pasivamente al ocio vacío y al sinsentido?

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