Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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De aquellos años adolescentes en los que la lujuria dominaba mis ojos para que no vieran nada que no pudiera besar proviene mi amor por el arte y mi amor por el amor…

En efecto se trata del arte: de entre las muchas formas que tiene el ser humano de romper el silencio, de arremerterse con una conversación cálida y amistosa con uno mismo y los desconocidos, acaso la más excelsa sea la pintura. Y eso es la obra del artista leonés Benito Escarpizo; una súbita e irradiante acción de hablar, de abrir la boca y pronunciar una observación costumbrista y trascendente que, de puro hermosa, nos contagia sus magnéticas ganas de vivir.

Ayer inauguró en Astorga, en la Galería Rama, en el centro neurálgico de su mundo, una nueva exposición titulada «Agujeros» y en la cual nos ofrece otra entrega de ese quehacer figurativo suyo repleto de microcuadros dentro de los cuadros, de imágenes dentro de las imágenes como las matrioskas rusas, de lienzos que parecen tener ventanas incorporadas, para recordarnos así que lo real está repleto de agujeros que apuntan al más allá y no debemos acomodarnos por eso a las visualizaciones simples, las obstinaciones cómodas o el mero vitalismo elemental.

La imaginería de las series de Escarpizo, siempre buscando a través del dibujo y el color esa perfección que nunca se alcanza, se nos presenta como una obsesiva apuesta por el clasicismo y la trascendencia, y por llegar a lo universal desde lo rural como le gustaba decir al poeta portugués Miguel Torga: la cotidianidad sintetizada según Escarpizo es una hermosa combinación de tradición, paisaje, símbolo y oquedad que permita vislumbrar la trascendencia.

Oh, sí, todo pintor quiere ser el observador interior que llevamos dentro y que tenemos asfixiado por el estrés de la vida y el duro bregar pues, ya se sabe, nuestro observador interior necesita quietud, calma, minuciosidad y un ritmo visual más acorde con los ciclos naturales y mentales. Por eso tiene sentido además de sentimiento la quietud paisajística y humana que se percibe en la pintura de Escarpizo, el elaborado detenimiento de las figuras y las cosas, todo sin estridencias, todo sin quiebros, con orden, con distancia, con sonrisas, como un vals.

Algo tienen de regreso a donde todo empieza estos cuadros que insisten en la figura femenina —así por ejemplo el titulado «Guindas en aguardiente»— presentándonoslas vigorosas pero con los rostros tan ajados como si su tiempo de exposición a la vida fuera eterno… Cuadros que son un modo vitalista de decir a quien los mira: esto es la vida y de mi parte no te olvides de darle un beso a todo si me muero. Quiero recomendar esta exposición a todo aquel que no sepa volar.

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