FUEGO AMIGO
El valle de los ambulantes
Fornela es el valle más recóndito y perdido de los Ancares, porque no es paso hacia ninguna parte. También el más olvidado, pero desde luego no el menos sorprendente y hermoso. Entre Fabero y Cariseda, que es el primer pueblo fornelo, median trece kilómetros largos, que discurren por Bárcena de la Abadía y San Pedro de Paradela a través de un valle angosto y encajado, del que parte a la izquierda la extraordinaria y desconocida ruta del río Goubela. La senda del Goubela ha sido bautizada por su espectacularidad como el otro Cares: discurre excavada en la roca a lo largo de cuatro kilómetros y colgada sobre el curso de agua que recorre abismado el tajo a unos 150 metros de profundidad. Si uno no controla sus vértigos, mejor es hacer el camino remontando la orilla del río hasta el bosque de Goubela, en el que conviven fresnos, laureles bravos, acebos, madroños, alisos y arraclanes en un enclave fascinante, como de cuento.
Trascastro tiene a la entrada de su larga calle principal el santuario de la Virgen, cuya fiesta de agosto reúne las mejores y más singulares danzas vecinales de Castilla y León. Tanto el atuendo como la coreografía, de una solemnidad ancestral, remiten a las raíces del valle y parecen evocar los rituales guerreros. Fornela no se acaba en Trascastro, el pueblo del médico Lodario Gavela Yáñez, que sembró el valle de escuelas antes de perder la vida tiroteado por la Guardia Civil. Todos los pueblos exhiben orgullosos el reconocimiento al joven médico cuyo delito fue atender a guerrilleros heridos. La primera casa de Trascastro, pasado el santuario, atesora la memoria de su consulta, tal como él la dejó el día de su muerte en las curvas de Cariseda. Eran los años cuarenta, pero nadie se atrevió a retirar ni una sola de las placas que en cada pueblo proclaman su filantropía.
El aislamiento de Fornela ha empujado a sus gentes hacia la arriería y el comercio ambulante. Esta condición errante, que les obligaba a compartir posada y mercados con gente extraña, dio pie a la creación de una jerga peculiar, semejante a la gacería de los trilleros, que se llama burón. No tiene nada que ver con el habla de Fornela, una variante del leonés occidental estudiada en los cincuenta por los académicos Dámaso Alonso y García Yebra, que viajaron hasta el valle a caballo. El burón cuenta con un reducido vocabulario de alrededor de 500 palabras organizado en construcciones impenetrables para los profanos. Algunos de estos vocablos tienen una indudable resonancia bable. En burón, la mujer es xona y la chica motrila ; hablar es garlipar ; el pueblo, garu y la casa talón ; el pan, artón y el tocino yarte ; el cura, rasu y el médico rapa . Los fornelos dicen: A motrila tróvase gebre . O sea, que está buena.