Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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Unos mil inmigrantes, atleta más o menos, aguardan impacientes para saltar la valla de Melilla. Ya lo intentaron otros hambrientos y algunos lo consiguieron el pasado sábado. Ahora son más, según la Delegación del Gobierno, pero los que tratan de impedírselo vienen siendo los mismos.

Lo único que puede hacer la Guardia Civil, a la que recurrimos para todo, es intensificar la vigilancia, ya que no intensificamos su sueldo. ¿Por qué hay tantos subsaharianos que desean saltar la valla?, se pregunta mucha gente, pero hay otra que lo que desea saber es por qué se hacen las vallas tan bajas. Es quizá lo único que los españoles hemos hecho, en las épocas de bonanza, por debajo de nuestras posibilidades.

Los «sin papeles» lo pasan muy mal cuando consiguen instalarse en territorio nacional, pero siguen intentándolo por todos los medios, ya que no tienen ningún medio de vida y llegan en embarcaciones al Peñón de Alhucemas y a las islas Chafarinas. El dragón del que está dando las últimas boqueadas de fuego, bate todos los récords de inmigración desesperada.

¿Qué esperan encontrar los que después de saltar la valla se encuentran en la tierra prometida, que por cierto no los ha prometido nada? La hospitalidad española siempre ha estado condicionada al dinero de los huéspedes y hay que reconocer que nunca hemos sido racistas: nos da igual que el visitante sea blanco, negro o color café con leche, ya que lo que miramos es el color de su cartera (léase el grosor) y lo demás no importa.

Los que todavía no han intentado salvar la valla volverán a intentarlo. La tenacidad es un requisito de cualquier atleta que se precie y más cuando sube el precio del pan.

Entonces las vallas parecen más bajas, pero hay qué preguntarse si saben bien a qué país llegan. La tierra de promisión no les puede prometer nada ni siquiera a los nativos, pero siguen batiéndose la plusmarcas. Los límites siempre están un poco más lejos.

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