Diario de León
Publicado por
José Luis Gavilanes Laso. Escritor
León

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Al hilo de la hazaña tecnológica de la sonda Curiosity, el vehículo robótico de exploración que ha conseguido llegar al suelo del planeta rojo y levantar eufóricos de sus asientos a los científicos de la Nasa, me vienen a la mente una serie de consideraciones sobre la felicidad que despierta la tecnología. Y lo hago bajo la batuta textual de un libro que recomiendo vivamente (Andrés Herrero, La felicidad tecnológica. De un capitalismo sin futuro a un futuro sin capitalismo ).

Cambiando todo lo que haya que cambiar, la marejada tecnológica recuerda el positivismo de principios del siglo pasado, la belle époque que se esfumó bajo la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. El hombre se ha arrogado la potestad de cambiar la partitura de la vida y de interpretarla según sus deseos, sustituyendo la evolución natural por otra tecnológica. Pero como ocurrió a principios del XX, la humanidad camina en el XXI inconscientemente sobre el filo de la navaja, porque la misma tecnología que ha liberado al hombre de las servidumbres de la naturaleza, puede colocarlo ahora bajo su yugo. El mundo es caprichosamente ambivalente. Lo que hoy parece óptimo y positivo puede tornarse en su contra. Muy pronto el hombre descubrió que el lenguaje resultaba tan útil para informar como para engañar o mentir, al igual que el fuego le servía tanto para defenderse de las fieras como para incendiar un poblado enemigo. Quede, no obstante, claro, que el propósito de esta tribuna no está en cargar sobre la tecnología la responsabilidad de los problemas humanos, cosa tan ingenua como la de los luditas que, en la Inglaterra de 1811, pretendían combatir la incipiente revolución industrial destruyendo la maquinaria de las fábricas a las que consideraban causante de todos sus males.

Sabido es que animales y esclavos fueron las primeras máquinas de labor hasta que el músculo fue reemplazado gradualmente por el mayor poder de las bestias mecánicas: cosechadoras, tractores, grúas, excavadoras, etc. Pero antes de llegar a estos adelantos de la técnica, valiéndose de herramientas muy simples, el talento humano fue capaz de erigir extraordinarias obras de ingeniería, arquitectura y arte, como la Gran Muralla China, las Pirámides de Egipto o las catedrales. Nuestra época ha apostado por la tecnología como panacea universal de todos los males, con la misma fe ciega y entusiasmo con que asumía antaño las promesas etéreas de la religión o el progresismo y desarrollismo sin límites. La superioridad tecnológica de Occidente es la que ha impuesto al resto del planeta su modelo agresivo y depredador, originando el cambio climático y el despilfarro de recursos. El hombre primitivo dependía de la naturaleza como el ciudadano actual de la tecnología, y temía al rayo o a las fieras, como nosotros al paro o al cáncer. Hemos cambiado los bienes naturales por bienes de consumo. Y para hacer frente a la creciente devastación existencial, tan fuerte o más que la ambiental, el mercado de sicofármacos agiganta sus ganancias, atiborrándonos de sedantes, antidrepresivos y somníferos. La patología mental es la industria médica del futuro; se necesitan drogas legales que permitan al ser humano adaptarse a situaciones cada vez más deprimentes, estresantes y angustiosas. Moldeado el ciudadano por la adicción tecnológica, le sucede lo que al animal salvaje criado en cautividad, que una vez aclimatado a su nueva condición ya no puede regresar a su hábitat original, porque sus habilidades se han atrofiado. Con el totalitarismo tecnológico, el hombre trata de satisfacer, además de sus necesidades naturales, sus anhelos espirituales de felicidad. La cuestión es ¿cómo medimos la felicidad?, ¿en número de coches, cuentas corrientes, mansiones o ansiolíticos per cápita?, ¿en cantidad de diversiones por minuto o de estrés?, ¿en crecimientos del PIB o del paro? Cabe preguntarse si pesan más los avances tecnológicos que sus amenazas; sin son mayores las ventajas de la movilidad motorizada que el envenenamiento de la atmósfera; si marchan por delante las conquistas de la medicina o le ganan la partida las patologías del «progreso». Nuestra forma de entender la tecnología nos aboca a una espiral de dependencias suicidas. Obramos como el drogadicto que cada vez necesita recurrir a dosis más altas para obtener lo mismo. Nos hemos vuelto adictos, insaciables e insatisfechos. Pero la solución no puede ser ensuciar para luego depurar, sino que empieza por no transformar el planeta en un estercolero. La chatarra industrial y los desechos electrónicos superan con creces a los orgánicos, cuando en los pueblos antiguamente no se desperdiciaba nada ni se generaba basura, porque los residuos domésticos se aprovechaban para abonar el campo y nutrir a los animales, en vez de contaminar fuentes, ríos y mares. Ahora esa cultura sostenible se ha perdido, en beneficio de la del despilfarro y la contaminación. Frente a eso no existe tecnología, ni limpia ni sucia, capaz de curar nuestros estragos. No estamos produciendo riqueza, sino devorando aceleradamente la heredada de la Tierra, para crear una burbuja de bienestar que sólo disfruta una minoría loca por acaparar muy por encima de sus merecimientos. La mayoría, con tener empleo, ya debe darse por satisfecha. Y como los pasajeros del Titanic, seguiremos de fiesta en fiesta, hasta que nuestros sueños de opulencia se estrellen contra un iceberg de pesadilla.

Es un escándalo que en la sociedad más rica y con mayor abundancia de bienes que ha conocido el Planeta, más gente que nunca perezca de inanición, carezca de ocupación o malviva llena de privaciones, mientras se destruyen cosechas para mantener los precios o se rescatan bancos con fondos públicos. Y, al mismo tiempo, desde que se ha decretado el estado de la felicidad tecnológica sin limitaciones, el móvil, la videoconsola, los juegos y demás artilugios electrónicos se han convertido en masturbaciones solitarias que proporcionan una gratificación instantánea, pero que se evapora tan pronto como se apaga la pantalla. El capital es dios y la tecnología su profeta.

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