tribuna
Casi como en casa: Uzbekistan
No siempre la imagen que una tiene de un país se corresponde con la realidad. Y conste que no lo digo mustia o pesarosa. Al contrario. Me tienta mucho, mucho el asombro provocado por los paisajes deleitosos y la balsámica amabilidad de la gente que acabo de tratar. De manera que en estos días en que mueve aldabas el otoño, tras la dimisión de Esperanza Aguirre y la muerte de un político imprescindible en la transición española, el longevo, tranquilo, buen tertuliano y gran fumador Santiago Carrillo, mis conversaciones van, vienen, suben o bajan en torno a rituales, serenas y muy bellas madrasas, mezquitas, minaretes, mausoleos, ciudadelas, mercados, mujeres, hombres, niños, sabores, olores… Exactamente la vida en un país lejano religiosamente torreado y desconocedor del mar cuya pobretona moneda es el sum, tan pobretona que un euro equivale a mil sumes.
Y con estas líneas untadas de admiración me planto en Uzbekistan, antigua república soviética, deudora a los rusos como casi todos los países bajo su distante e imperiosa protección de grandes avenidas, tipo la madrileña Castellana, en las ciudades principales, edificios uniformes, gran afán escolar, además del idioma ruso coexistente con el uzbeco en este caso y el vodka o «té blanco».
Pero aún sin acampar en su capital, Tashkent, dentro del mismísimo aeropuerto casi me doy de narices con una pantalla televisiva ocupada con guiños por Leo Messi saboreando patatas Lays. Mas ahí no queda la cosa. El pibe, más adelante, en avenidas muy principales y enormes rotondas preside un grupo de futbolistas del barsa publicitando Pepsi Cola en varios paneles sin que nada diferente hagan Cristiano Ronaldo, sin su crisis de tristeza, y el guaperas de Kaká con firmas deportivas. Si a esto agregamos que son bastantes los jóvenes y niños uzbecos que lucen camisetas de Iniesta y Casillas no me queda más remedio que decirme, aunque con cierta preocupación, a mí misma: desengáñate, el fútbol eclipsa todos los deportes y otras muchas y valiosísimas actividades, incluso derriba fronteras. No obstante, la cosa española no dice adiós aquí. Resulta que en la sedosa ciudad de Khiva tres retratos del can (jefe militar de máximo rango) Muhammad Rohimhan Feruz graciosamente se nos echan encima por el portentoso parecido del joven simpático, algo calvo, bajito, cuya paternidad se aproxima, transformado en la Red en el Ecce Homo de Borja, hijo de un torero y una folklórica, andalucísimo él, por más señas Paquirrín. Que cuán lejos llega Paquirrín, hay que ver. Claro que no es extraño con tanto mérito como lo adorna.
Otra cercanía muy nuestra con este país fundamental en la ruta de la seda (Samarkanda, Bukhara, Khiva, Tashkent) en el que yo, ganada por la confusión, esperaba encontrarme muchos ojos achinados, al estilo del extraordinario exjugador de balonmano y ahora entrenador del Atlético de Madrid, el kirguiso nacionalizado español, Talant Dujshebaev, viene marcada por la policía. Su vestimenta es casi igual a la de la guardia civil española.
Este país alumbrado de monumentos y campos de algodón recolectado a la par que la vendimia vinícola aquí, donde fuera de los hoteles aún son frecuentes los wateres bajos y el papel higiénico pariente de la piedra pómez, sin olvidar la buena limpieza de sus parques, aceras, plazas… debidas casi siempre a mujeres con lentos y enormes escobones.
Este país de ciudadanos inclinados a exhibir dientes forrados en oro como signo de poderío tal como ocurría en España tiempo atrás, ciudadanos bien amables que enseguida te ceden su sitio en el pequeño metro de Tashkent, que si no es tan bonito como el moscovita, incuestionable, sí posee estaciones agradables, tal sucede con la de los Cosmonautas con sus columnas de cristal y medallones con la efigie de tan espaciales como especiales tripulantes, que abarrotados tengo los ojos de la de Valentina Tereskhova, «Chaika», primera mujer en cumplir tan alta misión y con sólo 26 años.
Ah, no sé si se me olvidaba o quería dejarlo para otra ocasión, lo cierto es que esta república del Asia Central día a día gana turistas empujados por su belleza y tranquilidad. Vaticino que en años venideros el turismo occidental será una fuente muy importante para sus ingresos, al menos mientras la seguridad no vuelva a detenerse en Egipto, Jordania y Siria. En cualquier caso desde hace poco una alegría muy española transita sus calles. Y transitará. Sin duda.