Diario de León
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josé a. balboa de paz
León

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Morir demasiado pronto o demasiado tarde tiene sus partidarios y sus detractores. Camilo J. Cela ironizaba con que el Nobel era cuestión de años —creo que también de posaderas—, de modo que ningún escritor joven soñara con poder alcanzarlo; pero a veces morir demasiado tarde arruina una vida, como creo que le ha ocurrido a Santiago Carrillo que, la pasada semana, fallecía a los 97 años. Los reyes fueron a honrar su cadáver y por delante de féretro, en el madrileño local de CC.OO., desfilaron viejos nostálgicos comunistas con la bandera republicana; pero en realidad, la sociedad ya no recordaba de él sino los días nefandos de su juventud, los miles de muertos de Paracuellos del Jarama, cuando en la guerra civil fue responsable del orden público de un Madrid sitiado por los sublevados; muertos de los que no pudo librarse y que perseguirán siempre su memoria.

Carrillo, que nació en el seno de una familia socialista asturiana, encarna las miserias y grandezas del PCE, tanto durante la guerra como en el franquismo. Es a esta última etapa a la que me quiero referir, y no a la guerra (Paracuellos) ni a la inmediata postguerra (Monzón, encerrona del Valle de Arán, Comorera, Grimau), cosa de historiadores. Desde los años sesenta, con el desarrollismo y la industrialización, el PCE, hasta entonces aislado por su sectarismo, lanza la política Reconciliación Nacional . No nació con Carrillo pero éste, como secretario general, la hizo suya, y fue sin duda alguna banderín de enganche de muchos españoles, que convirtieron al PCE en el Partido por antonomasia. Aunque clandestino, el papel del partido en las luchas obreras y universitarias en defensa de la libertad y la democracia, fue lo que le permitió jugar, con Carrillo a la cabeza —es un honor que nadie le puede disputar— su extraordinario y modélico papel en la transición.

La democracia jugó al PCE una mala pasada. Su lucha, a veces heroica y siempre dura, no se vio recompensada por las urnas. Otros se llevaron la palma no por su papel en ella sino por el dinero alemán, aunque también porque lo que encarnaban los comunistas había irremediablemente periclitado, pese al eurocomunismo y otros aggiornamientos nunca creídos por los electores. Carrillo fue desplazado de la dirección del PCE, éste se metamorfoseó en una Izquierda Unida desnortada ideológicamente, y el líder comunista regresó al seno del viejo PSOE de antes de la guerra. Lo peor fue que, con su larga vida, olvidó la Reconciliación Nacional, renunció a la legitimación de la lucha por la democracia y regresó a un legitimismo republicano espureo, que le llevó a apoyar la Memoria Histórica de Zapatero, que nuevamente divide a los españoles. Olvidó que quien remueve la mierda se salpica con ella, y los muertos de Paracuellos persiguen su recuerdo.

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