Diario de León

Miguel Ángel Fernández Morán

Infierno en el océano verde

Publicado por
Miguel Ángel Fernández Morán Jubilado. Ex gerente de Viveros Fernández Morán
León

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Eran orgullosamente verdes los pinares del Eria…   Lo de pinares del Eria es un decir, porque los habitantes del Jamuz y Duerna corrieron la misma suerte: en cosa de dos días, que ya son horas, vieron su pequeño mundo verde —no tan pequeño— convertido en cenizas. Aún así, hay que alegrarse de que no hubo desgracias personales; en eso sí fueron eficaces las brigadas de a pie y otros medios desplegados en esas desgraciadas jornadas. Me consta, por testimonio directo, que una brigada, entre el término de Castrocontrigo y Torneros de la Valdería, se abrió camino entre una auténtica selva a fuerza de motosierra y azadas para cortar un rebrote del fuego a 50 metros de mi finca. Aquella brigada llevaba trabajando 14 horas seguidas porque venía de otro incendio. Durante día y medio después, yo mismo y otros muchos vecinos apagamos rebrotes en esa área porque no había retenes suficientes para controlar aquel infierno con tantos kilómetros de perímetro.

Por razones que desconozco no llegó ningún medio aéreo hasta bastante después de que el fuego cruzara el río. Un solo helicóptero lo hubiera apagado de dos o tres pasadas. ¿Puede un incendio cruzar un cauce de cien metros de ancho? Los que no conocían el terreno aseguraban que no, yo decía que lo pasaría en un santiamén. Desgraciadamente acerté, y no fue casualidad: yo sabía que en ese trecho de cauce hay alisos —humeros— y otras malezas de considerable altura y sabía también que los responsables de Medio Ambiente son reacios a autorizar entresacas y aclareos. Sí me consta que la Confederación Hidrográfica del Duero autoriza limpieza de cauces, previa solicitud pero con excesivas reticencias, tantas que los dueños de fincas ribereñas se arriesgan a hacer de su capa un sayo —parece que estamos condenados a jugar al escondite eternamente—. El fuego, siguiendo el curso inexorable de la naturaleza, cruzó por las copas de unos árboles que nunca debieron estar allí. Las llamas avanzaron como un pájaro por las fincas baldías de Los Barriales de Torneros y se cebaron en Las Murias entre robles y pinos; a partir de allí, el infierno se multiplicó por una selva de pinos y sotobosque abigarrado, tan del gusto de innumerables ecologetas ignorantes, que Dios confunda. Luego llegaron los lamentos, maldiciones, impotencia, pasmo y rabia incontenible ante la ruina de las juntas vecinales de estos pueblos y los puestos de trabajo de varios resineros en paro forzoso.  

Es una gran verdad que solo se ama bien lo que se conoce bien. La generación actual, mayoritariamente urbanita y extraña, por ello, al entorno rural, ha idealizado la naturaleza hasta el punto de la adoración puramente estética y religiosa . Efectivamente, estamos ante una especie de panteísmo ecologista donde los elementos primordiales, incluso flora y fauna son divinidades inocentes y buenas per se; están ahí para nuestra contemplación mística, arrobadora y romántica. ¡Que nadie profane la diosa naturaleza! ¡Que nadie corte un arbolito! ¡Que nadie se meta con los lobitos, ciervitos y conejitos! ¡Que se acaricie la hierbita y el agüita corra por donde le plazca! …

Es muchos lo comentado y escrito, incluso de poetas comarcanos como Antonio Colinas y Luis Carnicero. Algunos de esos comentarios insisten en la descoordinación y desconcierto en las tareas de extinción. Por mi parte no le doy importancia a ese asunto; trato de ponerme en el lugar del equipo coordinador y comprendo que, ante el acúmulo de prioridades en un frente de fuego de tantos kilómetros, nadie puede hacer una tarea coherente y menos todavía infalible, los responsables de Medio Ambiente no son dioses, ¿o sí…? Lo que pido, más aún, exijo a las autoridades correspondientes, ingenieros de montes, etc., que reconozcan y se disculpen públicamente ante los pueblos afectados por su desastrosa programación en el mantenimiento de los montes y prevención de incendios.

Los lugareños no somos estúpidos y estamos seguros que ustedes tampoco lo son, por tanto suponemos que saben sobradamente que las llamas avanzan más por el aire —de copa en copa— que por el suelo y saben también, por la experiencia de muchos años, que los cortafuegos actuales son inútiles. Necesitamos saber en qué manos está la salvaguarda de nuestro patrimonio, lo que queda de él, vaya. Por tanto, muévanse, por favor, y hagan algo serio que disipe nuestras dudas y sospechas. Si son capaces de conseguir que en cada incendio no se quemen más allá de 50 o 100 hectáreas, entonces se habrán ganado honradamente su jornal y nosotros cambiaremos nuestro recelo por aplausos. ¡Tienen que hacerlo! ¡Ya está bien de tomaduras de pelo!

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