TRIBUNA
Grave deterioro de la educación
Comienza un curso más, que no va a ser un curso cualquiera, sino el peor probablemente de la reciente democracia española, por diversos motivos. El primero de ellos, las erróneas y desproporcionadas medidas llevadas a cabo por el Gobierno popular (en estos momentos, más bien impopular). Intentar solucionar una grave crisis social, basada esencialmente en la injusticia y la insolidaridad, haciendo recortes en una educación ya pobre, deficiente, bastante marginada y poco prestigiada socialmente, aumentando el horario de trabajo de los educadores y disminuyendo sus haberes, entre otros despropósitos, es el mayor de los errores y la mayor desconsideración que pueda cometer un gobierno, en materia educativa.
Yo, un sencillo educador (y observador de lo social), pensaba que las graves crisis sociales de cualquier tipo exigen siempre para su solución, de una forma u otra, favorecer la educación de los ciudadanos (y la sanidad, la hermana también herida de la educación, aunque no sea el caso que nos ocupa directamente hoy). Pues, he aquí que este Gobierno nada más asentarse en el poder, sacó el hacha de la irresponsabilidad y asentó dos golpes mortales a este país, a esas dos hermanas gemelas: la educación y la sanidad. Se equivocó totalmente en los golpes, ya que donde es preciso darlos es en otros sectores: la banca (los ricos) y los políticos (sobra la mayoría de ellos); ahí está el dinero (bueno, más bien en los escandalosos paraísos fiscales), el dinero hurtado al pueblo español y a sus administraciones. Pero el espíritu que anida, detrás de este y otros gobiernos, parece que no es enfrentarse a los problemas reales, como acabar con la corrupción en el poder, con las injusticias sociales (cada vez más ricos y cada vez más pobres), con los privilegios (de los políticos y de todos los poderes). Para ello se requiere una visión clara de las cosas, una gran valentía y un gran sentido de la responsabilidad, hechos éstos alejados de las mentes de la mayoría de los gobernantes. Hoy, la oligarquía política está aliada con la oligarquía económica.
Por otra parte, este país nuestro está gravemente herido, debido a su pasado y su espíritu faraónico. Sí, eslóganes «como en España ni hablar», «España es diferente», etc., que son sólo el fruto del infantilismo y la falta de madurez social, y que tanto han avivado siempre los sistemas autoritarios y dictatoriales, son los responsables, en buena parte, de la terrible situación actual por la que atravesamos. Este complejo faraónico ha llevado a emprender cantidad de obras inútiles y enormemente irresponsables, y por encima de nuestras posibilidades reales (aeropuertos, AVEs, autovías e infinidad de instalaciones inoportunas e innecesarias, además de la burbuja del ladrillo); en suma, obras «faraónicas» que han llenado los bolsillos de muchos políticos y banqueros, han satisfecho —quizás— su orgullo infantil, y han arruinado las arcas públicas. Ha favorecido mucho esta situación el despilfarro de la mayoría de las comunidades autónomas, con sus múltiples caudillos y servidores (que merece un capítulo aparte). Un país, así, está lejos de considerar la educación (y la sanidad) como los fundamentos esenciales para el progreso y el equilibrio social, cultural y mental de cualquier pueblo.
Ahora bien, el pueblo español (su clase media y baja) está, en estos momentos, despertando y tomando conciencia de su papel en nuestra incipiente y burlada democracia, y es el único que puede ayudar a salir de esta crisis que él no ha originado y paradójicamente es él quien la padece mayormente. No creo que debamos esperar ninguna solución final de los actuales partidos políticos, y menos aún de los dos mayoritarios, pues están demasiado enfrascados en sus asuntos internos (envidias, ambiciones, etc.) y bien acomodados en sus privilegios. Sólo el despertar de la conciencia y la responsabilidad de los pueblos, de su derecho y su deber de participación y de compromiso social (no sólo votar cada cuatro años), pueden ayudar a salir de esta crisis, a obligar a emprender unas reformas de las estructuras actuales del estado, claramente autoritarias y antidemocráticas (o que burlan fácilmente la democracia). Y todo esto se consigue solamente a través de la educación, mientras que este Gobierno, mediante estas injustas e impopulares medidas, lo que está consiguiendo, entre los profesores, sobre todo, es frustración, impotencia, desgana y desánimo.
Por su parte, el anterior Gobierno socialista no tuvo tampoco el coraje de haber llevado a cabo esas reformas estructurales que este país necesita, y en lo que a educación se refiere, es lamentable que apenas diera un paso hacia la consolidación y el prestigio de la escuela pública, afianzando el estado laico y la separación de la iglesia y el estado. Hoy, no se puede esperar que lo lleve a cabo un Gobierno conservador y claramente más defensor aún de los privilegios del poder.
Este sufrido pueblo español atraviesa, hoy sin duda, uno de los momentos más difíciles y críticos de su historia moderna. ¿Qué hacer? Convencerse de que nadie le va a sacar las castañas del fuego, y menos los políticos actuales (y mucho menos Bruxelas), mostrar su descontento y desacuerdo con estas medidas (y en especial en educación y sanidad), presentar un frente común, firme y responsable, abandonar las actitudes pasivas, conformistas e irresponsables, renunciar al infantilismo propio de los pueblos no adultos, desarrollar la solidaridad recordando esa máxima «la unión hace la fuerza», y alcanzando, así, la madurez que necesita todo pueblo para creer firmemente en sí mismo y crear su propio futuro en paz. La educación es el único medio que ha llevado a los pueblos a conseguir esa madurez, sinónimo de responsabilidad.