Diario de León

TRIBUNA

Residencias: una tarea por hacer

Publicado por
Manuel Arias Blanco. Profesor Jubilado de Secundaria
León

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No cabe duda de que la residencia será el paradero más visitado por las generaciones venideras. El alargamiento de la vida y el consiguiente deterioro nos lleva ineludiblemente a esta parada. Hoy día la gente mayor no acepta fácilmente esta ubicación, ya que piensa que los hijos deberán asumir la responsabilidad de cuidar de ellos lo mismo que hicieron ellos cuando eran pequeños. Es un asunto de reciprocidad. Y en parte tienen razón quienes piensan así. Pero no siempre se puede hipotecar la vida de los hijos porque puede haber impedimentos de causa mayor, como es el propio trabajo. Desde que la mujer se incorporó al trabajo ya no es tan fácil contar con la disponibilidad total.

Cierto que hay casos de necesario internamiento: pérdida de memoria, invalidez física, etc. En esas circunstancias la persona mayor debe estar en un sitio adecuado, preparado y cómodo. Nadie parece poner reparos a esta difícil coyuntura y el internamiento se impone. Conste que muchos pensamos que de mayores queremos ir a una Residencia, precisamente para no mermar la vida de nuestros hijos, pero también sabemos que vamos a resistir en nuestra casa hasta que podamos.

Los ecos que nos vienen de las residencias no son nada halagüeños. Es raro oír hablar bien de alguna. Es raro y preocupante que la gente hable tan mal de cómo se trata allí a la gente mayor. Y eso es inadmisible, siquiera por humanidad. A esto se le añade el excesivo coste de muchas de ellas, sobre todo de las privadas. Algo debería hacerse de forma que se mejore el trato y se baje la cuota de ingreso. No todos perciben una paga de jubilación generosa, sino más bien rácana. Por eso han de adecuarse a las necesidades de cada cual.

Sé que algunas cobran el 75% del sueldo y el resto se lo quitarán en su día del patrimonio personal. Eso está bien, porque al fin y al cabo es un dinero personal que le garantiza esa permanencia y el cuidado esmerado de unos profesionales. En estos casos nadie duda de que es lícito aferrarse a esta dote. Pero hay otros que no pueden disponer de nada más que el dinero asignado y también tienen derecho a una vejez cómoda y digna.

Habría que habilitar residencias no tan caras para la inmensa mayoría. Un precio razonable podría corregir en parte las desigualdades tan patentes que durante el periodo laboral va ofreciendo a cada cual. Creo que una residencia con la atención debida es cara, resulta cara, pero no tanto que excluya a una inmensa mayoría. Quizá se podría recortar por la parte de personal, siempre y cuando no repercutiera en la perfecta atención al mayor.

No obstante, lo que no veo de recibo es que una residencia se levante con afán de lucro, de negocio. No lo veo bien, desde ningún punto de vista. No sé qué pensarán los demás, pero no es lo mismo un banco que una residencia. Aquí se trata de cuidar los últimos años de una persona que, por lo general, no se vale en su casa. No es una explotación para ganar dinero. De ahí que quienes deban velar por esta atención sean las instituciones públicas, donde se supone que el afán lucrativo está ausente. No lo veo, pues, como un negocio privado y lucrativo.

Estoy seguro de que si las residencias traslucen a la sociedad un ambiente sano y digno serán lugares solicitados incluso por personas mayores gustosas de la compañía, la charla, el buen rollo, el juego… Es una manera de volver a una etapa de la vida con la plena sensación de bienestar. Estamos de nuevo con los amigos y compartimos descuidadamente momentos de ocio y compañía.

La residencia tendría que ser una prolongación del hospital. Me explico: una persona de cierta edad debería tener la dignidad suficiente como para que la atención fuera máxima y respetuosa. Y esto solo se consigue con especialistas, con el cuidado de profesionales. De esta manera si la residencia fuera una prolongación del hospital, un hospital donde se pagara prácticamente la paga de la pensión, estaría asegurada la etapa más dura de la persona, ese momento final de extrema penuria y soledad. Claro que aquí se incluyen las personas mayores que carecen de atenciones por parte de la familia, sea porque no la tienen o porque no pueden atenderles. Unas veces, la imposibilidad física y otras el deterioro mental claman por una salida decorosa. Un anexo del hospital podría asumir estas tareas llevadas por profesionales y donde podría entrar cualquiera, siempre y cuando abone la pensión que tenga asignada. Al fin y al cabo nada hay como morir dignamente y eso no tiene precio. Que menos que pagar con el dinero que se nos asigne, sea mucho o poco.

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