Diario de León
Publicado por
Julio Cayón. Concejal del Ayuntamiento de León y delegado municipal del Barrio de San Martín
León

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Es una barriada entrañable. Llena de historia. Cargada de romanticismo. San Martín, centro neurálgico del viejo León de siempre, festeja con todas las consecuencias y bendiciones el 11 de noviembre —este año cae en domingo— su fiesta anual. Se conmemora, en fin, la figura del que fuera obispo de Tours, en Francia, que da nombre al típico enclave urbano.

Pero, sin embargo, en la festividad hay algo más que el capítulo religioso, cuerpo central de la efeméride. Hay un especial sentido popular, entrañable y solidario: la unión de cuantos se consideran, bien de hecho o bien de alma y derecho, hijos del barrio. De modo, que, al margen de la irrenunciable celebración litúrgica, la fiesta ha retomado en la calle altos vuelos y nuevas sensaciones de unos años para acá. La figura del párroco de la feligresía, Argimiro Alonso, arropado por un nutrido y leonesamente aguerrido grupo de jóvenes —y no tan jóvenes— entusiastas, ha sido la clave, ha resultado primordial para que San Martín y sus circunstancias no sea una mera hoja del calendario. El santo, con ello, ha vuelto a renacer en el corazón de cientos de leoneses.

La idiosincrasia y peculiaridad de la monumental zona la marca el denominado barrio Húmedo, nombre de grata nomenclatura que, sin ser oficial, ha calado no sólo en la capital leonesa, sino en España entera y, sin ánimo de exageraciones, fuera de nuestras fronteras nacionales. El Húmedo con sus calles y sus bares —aún queda alguna tasca, término éste bellísimo aunque muy denostado por un falso y absurdo pudor— es un mito de altas resonancias donde todo el mundo acude, porque, en honor a la verdad, se siente como en casa; cómodo y, siempre, con ganas de regresar. Y en ese abanico de tan especiales matices, San Martín se ha convertido en santo y seña del protagonismo ciudadano en la capital leonesa en el undécimo mes del año.

Y así como se ha resaltado el compromiso de esos leoneses casi anónimos dispuestos a hacer los esfuerzos que la fiesta requiera, no hay que dejar a un lado, porque sería injusto, el sector hostelero de la también llamada en otros tiempos «La senda de los elefantes» por las trompas que se cogían, dicho sea con la mejor intención y el sano y limpio humor al caso. Los hosteleros hacen el suyo.

El barrio de San Martín, por lo tanto, será punto de encuentro la mañana del 11 de noviembre. A las 12 del mediodía, procesión con la figura del santo obispo portada a hombros; a continuación, una hora después, solemne eucaristía en el antañón templo de la mal voceada calle Plegarias, y sí calle de la Plegaria, donde se recoge una de las advocaciones marianas que más devoción inspira en León. La Virgen de la Piedad, obra sedente de Luis Salvador Carmona, que ampara su soledad junto a la entrada de la sacristía del oratorio.

Y es momento, naturalmente, para repasar lo que en la vida de la ciudad ha supuesto el barrio y algunos de los personajes más entrañables que por él han pasado, empapándose de ese aroma tan especial que sólo emana de las calles y plazas de San Martín. Y es que, a pesar de los modos, maneras, modas y progresos, aún queda en la retina de la memoria de los más antiguos que por la Plaza de las Tiendas continúan anidando aquellos nombres propios como Vicentín el enano, que, todos los días, se ganaba el sustento o parte de ese acopio con la venta de una especie de lotería popular con el premio de un paquete de caldo , tabaco de gruesos y panzudos cigarrillos, tan apreciado como recio, que gustaban de fumar los parroquianos de la época. O el Niño de Santa Marina, tocada su cabeza siempre con un sombrero cordobés, andares de señorito y gestos senequistas. O el recordado, admirado, querido e irrepetible, Lorenzo Canuria el Maestro , artesano y hasta artista del calzado y, quizá, la mayor institución que ha dado y dará la zona. O el señor Saturnino, el de la imprenta, también persona respetada y querida, por cuyo establecimiento pasaron miles de leoneses para la adquisición de material de papelería y otros encargos, al uso y al tiempo en que se vivía, de las artes gráficas. Hay muchos más personajes entrañables en esta nómina, hoy apresurada, de destacados y primeros espadas urbanos. Todos ellos supieron aportar a la barriada sanmartinera casticismo y clasicismo, originalidad y señorío; incluso, ensoñación colectiva.

Y cómo dejar de lado la Plaza Mayor, llamada en otros tiempos del Pan, con sus mercados semanales —miércoles y sábados— que tanto lustre imprimieron e imprimen a la propia barriada. Porque, para ser sinceros, tampoco se entendería San Martín y sus límites administrativos sin esos puestos de frutas, hortalizas, legumbres… ahora, demás, embutidos, encurtidos, flores…un mundo maravilloso del comercio en la calle, que adorna el entorno con exquisito marco las mañanas y el ambiente, haga frío o calor, llueva o nieve, es lo mismo. Una fotografía de imborrable cliché que forma en sí misma una de las imágenes más valoradas de la ciudad.

Fiesta de San Martín, fiesta grande y personalísima, que merece un punto de inflexión en el corazón y en las vivencias de los leoneses. Por eso desde aquí, desde estas líneas que sólo han buscado ser humilde y horizontal notario del hecho, la invitación, un año más, a vivirla plenamente.

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