Diario de León
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ANDRÉS ABERASTURI
León

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Las asignaturas pendientes de la democracia empiezan a ser ya demasiadas: ahí está el Título VIII de la Constitución que nos trae el disparate de la pretendida secesión de Cataluña (con la ayuda inestimable de Zapatero) y ahí está ese panal llamado Senado absolutamente inútil gastando sus señorías 55.000 euros en llamadas a los 902 y en SMS a concursos de la tele sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza, y ahí está, durmiendo el sueño injusto de la cobardía de todos los gobiernos, una ley de huelga que nunca existió y que no va a existir porque la derecha no se atreve y a la izquierda no le conviene. Y por eso pasan las cosas que pasan y por eso seguimos instalados en la inmoral actividad de unos sindicatos que ya lo han demostrado demasiadas veces, carecen de casi todo —credibilidad, afiliados, legitimación— salvo de piquetes. Y a eso voy.

Voy porque el día 14 asistí a un espectáculo lamentable —uno más— de un piquete. Eran una veintena de hombres que caminaban por la calle con la chulería propia —permítaseme la expresión— de quienes amparados por unas pegatinas se creían en aquel momento los dueños de la situación, los que podían mandar, insultar, coaccionar de una forma absolutamente impune. Me pareció todo bochornoso, sentí vergüenza y miedo y rabia y me pregunté si esa gente era la que me representaba como trabajador y me pregunté cómo pude en algún momento de mi vida haber formado parte de sus listas ni siquiera como independiente.

Ya está bien de este juego. Si ningún gobierno se atreve a redactar una ley que regule el derecho de huelga, que al menos pongan el nombre que se debe poner a las cosas. Resulta insultante calificar como «informativo» lo que todos sabemos que es una cuadrilla con licencia para coaccionar —en el mejor de los casos—.

Ahora que me llamen facha y todas esas cosas. Lo malo es que si no me hubiera sentado tan mal este patético, añoso y caduco «piqueterismo» sí hubiera ido a la manifestación porque no me gusta lo que hace Rajoy/Bruselas, porque me duele los millones de parados, por muchas cosas que me llevan a la protesta y a la indignación. Pero jamás me vais a ver compartir ni grito ni pancarta con quien dos horas antes ha pretendido, por la fuerza, cercenar mi libertad. Y no vale que me digan que eso ocurre en toda Europa: no es verdad, y aunque lo fuera, jamás sería justificable.

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