HISTORIAS DEL REINO
Adiós a las clases medias
Será porque estamos en el 2012 y, según varias profecías, el mundo se ha de terminar el 21 de diciembre, que hemos dejado la mayoría de los problemas irresolutos, por lo que todo se acelera a más revoluciones que un Lamborghini Gallardo en primera. Consecuencia directa de ello es que las noticias, sobre todo las penosas, nos abruman tanto que ya parece que no nos importasen, tan desbordados de desgracias nos encontramos. Llueven datos sobre desahucios, aumentan las malas cifras económicas, se cae el mundo que conocimos cual si de un muro de arcilla herido por la lluvia se tratase. No damos abasto a procesar tanto cambio tan rápido.
Mas un buen resumen podría ser éste: adiós a las clases medias, bienvenidos al nuevo feudalismo. Bien pareciera que caminásemos por el año 400-410, cuando Roma se desmoronaba a pasos tan agigantados que llegaron los germanos y, de un garrotazo en el coco, derrumbaron todo un sistema de poder milenario. Luego llegó la desolación, los problemas sociales, las guerras, la transición hacia un mundo que no creía en otra civilización que la fuerza y el caudillaje. Y, en esa hermosa coctelera, las clases medias del Imperio Romano, funcionarios esencialmente, artesanos, comerciantes, se fueron a tomarse un vino allá por donde rematan los vasos. Los ciudadanos pobres se tornaron siervos, los más brutos, menos preparados pero mejor emparentados o pertenecientes a una red de poder en los nuevos amos del sistema. La moneda común más que devaluarse se deshizo y la conciencia social se tornó pesadilla.
Si no les suena parecido, comparen con lo que nos reserva un presente mejor que el futuro que se avecina: un 45,5% de los leoneses en situación de precariedad, sobreviviendo con menos de 12.000 euros al año en el mejor de los casos; unas clases medias y bajas que doblan el espinazo hasta romperse por culpa de la carga fiscal que, lejos de ser equitativa y gravar las rentas más altas, les permite eludir o reducir sus pagos a la caja común de los españoles.
El sistema ya se ha roto y no hay marcha atrás. Hacia adelante parece que tampoco. La única solución pasaría por reventar el sistema pluriadministrativo y reordenar el estado: si hay autonomías, que se quiten las diputaciones, o viceversa; si ya tenemos embajadas ¿para qué necesitamos colocar a la parentela política en sedes absurdas allende los Pirineos? ¿Para qué tanta Fundación, Empresa Pública o Senado con traductores?
Porque no hay nada más triste que gastar en iPads para sus señorías, o colocar a la prima del sindicalista o político de turno en puesto fijo, mientras una paciencia aguarda una operación que nunca ha de llegar por costosa. Lo mejor que nos puede pasar es que lleguen los bárbaros, porque aquí no existe voluntad de cambio por parte de quienes mandan.