TRIBUNA
La voluntad de un pueblo
Utilizando el argot del periodismo deportivo, se podría decir que el modelo territorial era el «tapado». Pocos, hace unos meses, habrían augurado que en medio de la crisis más grave de la historia de España, con el paro acariciando cotas inéditas y un Estado del Bienestar progresivamente desmantelado, el debate identitario en Cataluña, y en menor medida Euskadi, centraría de tal manera la política nacional. Pero lo que nadie podía siquiera imaginar era que, cuando apenas habíamos dejado los manuales de economía como libros de cabecera y ya nos habíamos familiarizado con la prima de riesgo, el conflicto nacionalista derivaría en un verdadero debate estatal, e incluso europeo, sobre el futuro modelo de España.
Recorriendo el espectro político encontramos propuestas de toda índole. Cada partido con la suya, y algunos haciendo verdadera ingeniería política para defender varias, y hasta contrarias. De las independencias a la recentralización, del estado de las autonomías al federalismo. Lo que nadie puede dudar es que en los próximos años España va a cambiar. Y cada territorio busca afianzar su posición de cara al pistoletazo constituyente.
En este contexto, resulta sorprendente que el leonesismo no se haya sumado a un debate que aborda la razón de ser de nuestro movimiento. No siendo comparables (aún hay que dejarlo claro desde el principio) sí podemos encontrar importantes paralelismos entre el conflicto catalán y la causa leonesista.
Sobresale el asunto del expolio fiscal: un supuesto déficit de 16.000 millones de euros que salen de Cataluña para no volver. Un mantra que se repite y reverbera en toda la sociedad catalana, independentistas o no. Una saldo estructural que habría de reducirse a la mitad, según algunos estudios, únicamente teniendo en cuenta aquellos servicios que proporciona el Estado a Cataluña fuera de territorio catalán, además de la previsible retracción del PIB causada por el nuevo statu quo con España y la pérdida de economías de escala. Aún así, el déficit fiscal restante hay que enmarcarlo en el principio de solidaridad de las regiones ricas con las menos desarrolladas, parte esencial de nuestro modelo de las autonomías.
Lo que es inverosímil y grotesco es aplicar esta solidaridad a la inversa, siendo las regiones pobres las que financien a las ricas, tal y como viene ocurriendo en Castilla y León durante los 30 años de vigencia del modelo. Los fondos de cohesión representan el súmmum de todo este sinsentido. Como recordarán, en el 2006 Castilla y León perdió su condición de objetivo uno para recibir fondos europeos debido al enriquecimiento de Castilla la Vieja. La Junta rechazó entonces que el País Leonés pudiera constituir una unidad territorial estadística (y esto es importante, porque no hablamos de una división política ni administrativa, sino meramente estadística) NUTS 2 para, de esta forma, seguir percibiendo fondos de cohesión. La pataleta de la Junta, a la que no hubiera supuesto un solo céntimo adoptar esta solución, le ha costado a nuestra región, a ustedes y a mí, más de mil millones de euros en los últimos seis años. Pero no acaba aquí. Actualmente, la UE negocia el Marco Financiero plurianual. La Comisión Europea, en su propuesta «Un sistema justo para todas las regiones de la UE» para el sexenio 2014-2020 distingue tres categorías de regiones: las menos desarrolladas, que recibirían el 68% de la asignación presupuestaria, como Extremadura, Sicilia o, en su mayoría, Europa del este; regiones de transición como Andalucía o Murcia, cuya asignación está ahora mismo en el ojo del huracán, y las más desarrolladas: Suecia, Finlandia, Cataluña… o Castilla y León. ¿En serio nos parecemos más a Estocolmo que a Badajoz?
Al margen de lo económico: ataques a la lengua catalana y boicot a sus productos. Aquí directamente es la Junta quien incumple flagrantemente su propio estatuto que reconoce el deber de proteger y fomentar la llingua. Así lo recordaba el pasado 25 de octubre el Consejo de Europa en su informe sobre el cumplimiento de la Carta Europea de Lenguas Minoritarias. Es también el ente autonómico el que presiona a los productores para que veamos en los lineales de los supermercados aberraciones como la de «Queso Castellano». Y no sólo en los stands, desde Valladolid se derrocha el presupuesto para que tanto el queso como toda la tierra de sinsabor sean portada del diario deportivo más vendido.
Los agravios por parte de España que aduce el nacionalismo en Cataluña son nimiedades comparados con la política de aniquilación de lo leonés que la Junta de «Castillón» ejecuta en las provincias del Viejo Reino.
¿Y entonces, cómo explicar que mientras el independentismo catalán, en su conjunto, no ha parado de crecer en la última década y acaba de cosechar una amplia mayoría parlamentaria el día 25, el leonesismo encadene resultados cada vez más modestos? Entre los manifestantes del 11 de septiembre en Barcelona, buena parte eran separatistas de toda la vida, pero otros muchos salieron a la calle arrastrados desde posiciones más moderadas por todos estos argumentos. Exaltados no por la tela de las banderas sino por el papel de euro. Los leonesistas hemos de esforzarnos en que la sociedad interiorice nuestra reivindicación, a partir del sentimiento íntimo de los leoneses que anhelamos una autonomía que nos corresponde por derecho, pero también apoyados por la rotundidad de unas cifras que evidencian nuestra decadencia forzada y que no nos podemos cansar de recordar. Al igual que los insultos a nuestra identidad. En segundo lugar, hemos de aportar a la ciudadanía un discurso pleno, serio, capaz de dar confianza y generar ilusión, que es el mayor motor de un pueblo. Un leonesismo beligerante y con alternativas plausibles: gestionar autónomamente nuestros recursos energéticos, hídricos y ambientales, desarrollar nuestro aeropuerto y no desmantelarlo en favor de Villanubla, revertir la tendencia demográfica (100.000 habitantes menos en los últimos 50 años sólo en la provincia de León) incentivando la inversión sin el sabotaje de la Junta. Y así, un largo etcétera hasta llegar a nuestra meta irrenunciable: la segregación de esta Comunidad.
Ahora más que nunca, en el convulso escenario que vive España, debemos aprovechar para hacer un ejercicio de pedagogía y transmitir al País Leonés nuestro proyecto. Perdimos el tren hace 30 años. Tenemos la obligación con nosotros mismos de no perderlo de nuevo. Y esta vez irá más rápido.