Diario de León
Luis Urdiales
León

Creado:

Actualizado:

Hubo un tiempo en el que una vista cenital desde la esquina del Crucero por donde Blanco se dio un paseo antes del revolcón de las urnas hacía creer que los leoneses habitaban Futuroscope; y que aquello del fondo, más allá de la alameda de Clarés, donde condenaron al Rastro en la época de los bravos del PSOE y la UPL, las afueras de Poitiers. Si el humo fuera nutritivo, León sería el paraíso de la gastronomía. Los políticos, codiciados jefes de cocina.

Vaya cuento aquel de León Alta Velocidad, que ayer falleció en Madrid, después de doce años de no se sabe bien qué; ni para qué; ni con qué.

Eterno blues que recorre las esquinas de esta urbe, decrépita, oscura, mancillada; el blues de la alta velocidad fue antes una jota, una fiesta con vino, como las bodas de Caná, donde cada día se oficiaba el milagro de multiplicar los fodres. ¿A dónde bajamos el tren, maestro? Y venga ruedas de prensa; y venga el ministro, y alcaldes puestos y quitados; y venga planos y maquetas.

Entre las fotos recreadas, aquellas que encumbraron a Cecilio como un artista universal, con el edificio de la estación definitiva, a la que se accedía desde la calle Lancia por un pasadizo elevado con más cristales que el Musac y que iba a convertir el salto de ribera en un Ponte Vecchio al estilo florentino. Quitas Bernesga y pones Arno, y ahí está el titular para el proyecto. Desde que fueron al Moulin Rouge a buscar a Perrault caducó la edad de la inocencia.

León Alta Velocidad lleva la mortaja de la crisis que no basta para disculpar los años de vacas gordas; se liquida la sociedad como que se ventilara una aventura de emprendedores joviales que fueron al notario para constituir una SL con la que dar salida a la herencia del abuelo. Muere de vieja, cansada de esperar al tren que la fundó, que frena en Valladolid, donde la cofradía del rombo, y donde la Junta sí puso dinero para integrar y avalar los créditos. Esa es la otra parte del cuento que no se lee a los niños leoneses, para que no sueñen con el monstruo del agravio y mañana (que no habrá) se conviertan en rebeldes con causa y renieguen de las lecciones de los libros de Conocimiento del Medio.

El blues de la alta velocidad tiene moraleja: las historias incrédulas de la realidad que se refleja en los cristales de edificios sin construir. Y que jamás existirán.

tracking