Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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Para llevarle la contraria a aquel verso de Mestre, por aquí los libros no están llenos de palabras. Son las palabras las que andan buscando refugio en los libros. Ya tenemos más libros que lectores, más libros que librerías, más libros que bibliotecas. «A cada parado, un libro», gritaba el optimista clandestino de Ciudad del Puente a la puerta de los gastrobares del mercado.

Consultó su agenda de presentaciones de libros, a las que por aquí asistimos con la misma decisión que un banquero pisa los juzgados o con la misma espontaneidad con que los padres de la patria firman un manifiesto llamando acusica a un compañero de fatigas.

Con César Gavela estuvo charlando mientras le firmaba un libro de cuentos heterodoxos en los que el Camino es pretexto para divagar, otra vez, sobre la vida, como es obligación del escritor. César se interesó por el origen del optimista y resultó que habían compartido adolescencia en el colegio de un pueblo levítico, amurallado y frío.

Al salir se cruzó con uno de Cacabelos que fue ministrín en el gobierno gallego y ahora publica libros que buscan en las preguntas de los sabios del pasado respuestas para las atribulaciones presentes. Conversaron del Toledo del mil ciento y pico, cuando los hombres hablaron de Dios durante un rato sin necesidad de matarse.

Cacabelos da para mucho. Fue despedir a Aniceto Núñez y tropezarse el optimista con Raúl Guerra Garrido, que venía discutiendo con Mefistófeles sobre el dilema de escribir una obra maestra o dos docenas de piezas notables pero imperfectas. Raúl, farmacéutico de la literatura, acababa de entregar un libro de esos que ponen en un brete a los archiveros canónicos de los géneros y provocan estampidas de pánico en las manadas de lectores que abrevan en las listas de éxitos.

Enseguida se unió al grupo Valentín Carrera, que andaba ampliando el consejo asesor de una editorial digital. Valentín sería un hombre adelantado a su tiempo en el Soho de Nueva York. En los valles del Noroeste, tan anclados en el siglo XVII, lo miran como a un extraterrestre. Pero a Mefistófeles le interesó su proyecto y en la esquina de los escaparates vacíos quedaron, planeando líneas de financiación para esos proyectos cuya contabilidad se escribe en las nubes.

Con tanta cháchara se le hizo tarde al optimista. Aún quería hablar de las memorias de un alcalde socialista que tuvo la desgracia de morirse en la cama, del fascinante viaje que Ernesto Escapa ha propuesto por la memoria de nuestra provincia o de la conexión berciana de Gao Ping. Quería contarle todo eso a Antonio Pereira, que esta tarde viene a Ciudad del Puente con casi mil páginas de cuentos bajo el brazo. Y decirle que hay millones de palabras buscando refugio en los libros.

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