LA 5.ª ESQUINA
Donde se alzan los (falsos) tronos
Si la semana pasada la humilde comarca de la Cabrera era protagonista en una publicación, ésta comienza con aromas de alcurnia en sendos libros que tienen como nexo la Casa de Austria, que la hija de Isabel la Católica instaura en España al casarse con Felipe I el Hermoso y que se extingue, en 1700, cuando Carlos II el Hechizado muere sin descendencia. La historiadora Mª del Pilar Queralt presentó su libro sobre la castellana Isabel, comodín en el franquismo como reina matamoros y en los tiempos presentes luchadora por los derechos de la mujer. Mañana, quién sabe.
Así mismo, Ángeles Caso presentó en León su libro Donde se alzan los tronos , una historia de ambiciones, vanidades y conspiraciones para alcanzar el trono de España, a la muerte del enfermizo monarca. Por cierto, que esta escritora (con la que compartí pupitre en Oviedo) es hija de José Miguel Caso González, catedrático especialista en Jovellanos y rector de la Universidad de Oviedo (1973-77), cuyos comienzos como profesor fueron en Ponferrada, entre 1960 y 1962.
Con los años me inclino más por saber de plantas medicinales, que por intrigas palaciegas y reyes, salvo si lo cuenta Ramón J. Sender. Este genial escritor publicó, en 1963, un relato histórico titulado Carolux Rex , sobre este rey, necio e imbécil, volcado más a supersticiones que a gobernar un país totalmente hundido. El nuncio del Papa lo definió como débil de cuerpo y mente, que se comportaba como alguien «torpe e indolente, pareciendo siempre estupefacto al carecer de voluntad propia».
Si a su padre le metían la momia de san Isidro labrador en la cama cuando caía enfermo, bien para sanar o para ir al cielo en su compañía (dice Sender que el santo olía a antiguo y mostraba el agujero negro de la boca abierta con dos dientes amarillos en lo alto), a Carlos le hicieron exorcismo, pues culpaba de su mala salud a una maldición al no poder despedirse de su padre, fallecido antes de que él llegase a la alcoba. A Ángeles Caso la historia de aquella época le recuerda la España actual, añadiendo que, desde el siglo XVIII, «estamos gobernados por vagos e incapaces». Y antes, también.
El rey Carlos II, último de los Habsburgos españoles, murió a los 38 años, aunque aparentaba ser más viejo. Según el forense, su cadáver no tenía sangre, el corazón era como un grano de pimienta, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua. A este país le sobran muchos Carlos —sobre todo los hechizados de sí mismos— y le hacen falta personas honestas y cabales como las que uno se encuentra por la Cabrera… Había que hacer algo.