Diario de León
Luis Urdiales
León

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Algo tiene que quedar en este casi octogenario paramés de áquel que fue elevado en andas por los sobaquillos para evitar que el barro de los altos de Nava le salpicara los zapatos (hay foto, para sonrojo). No acostumbró a mancharse nunca, ni cuando los caciques de aquí le pedían recomendaciones para hijos y sobrinos que opositaban a ministerios en Madrid. El coco de los sueños de León está de vuelta, con un encargo del Gobierno, siempre a lo que manden. Vuelve con su voz grave y ese halo de misterio que multiplica una mirada desconfiada que da la miopía.

Sus gafas son dos pantallas donde se proyecta la historia de España desde el sindicato vertical hasta hoy; también la leonesa, en la que influyó con determinación digital, en aquel instante de calado que condicionó para siempre el futuro de esta tierra. Para mal, según se aprecia a diario.

De aquel pecado le viene la penitencia; su memoria subsiste sin aprecio de paisanos; y sin dar nombre a una calle que se han atrevido a pedir hasta para Zapatero. La moqueta es su hábitat; el poder, su estado de gracia. En su biografía afloran entre líneas capítulos enteros del Príncipe , de Maquiavelo. Puede testificar como censor, lector de conciencias, gobernador civil, ministro casi franquista, represor de mareas inquietas en busca de libertad, legalizador de comunistas o camaleón en el banco azul de los que vieron el tránsito de la dictadura a la democracia entre los jardines de El Pardo y los salones de La Moncloa. Incluso, como alumno de los Agustinos.

Al volver parece que retorna el yo no quería mientras Crémer le atizaba con sátira en aquella Carta a Mi Tía Federica , glorioso rincón de Radio Cadena Española en León. Resucita en un consejo de administración, un vicio adquirido y apropiado para quien ha acaparado, amasado e instigado tanto poder. Hubo quien sopesó tramitar la baja del Canal Plus cuando se acaballó en la presidencia de Sogecable; y no encender la luz en su época de presidente de la última Endesa pública, temerosos de recibir como clientes el mismo trato que como administrados. Desde su último servicio público, el comisionado para el Prestige, corrió casi una década. Ahora que retorna, consejero de un banco malo —qué ironía— desempolva una hoja de servicios que parece un libro de reclamaciones. Rodolfo Martín Villa, paradigma de político; político leonés.

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