TRIBUNA
San Isidoro de Sevilla y su tiempo
El que había de morir santamente el 4 de abril del año 636, como arzobispo de Sevilla, fue un hombre marcado por la familia y el tiempo en que nació. Hijo póstumo de un noble hispano-romano, Severiano, que ocupaba un alto cargo en la provincia Cartaginense y de su esposa Túrtura, de origen visigodo, fue mimado por sus padres y hermanos. Entre sus hermanos, figuran los nombres de tres santos, la abadesa Florentina, Fulgencio, obispo de Écija y Leandro, metropolitano de la Bética, provincia a la que la familia se vio forzada a trasladarse por la incursión de los bizantinos en Cartagena. San Leandro, que ocupa la sede episcopal de Sevilla en el año 578, cuando Isidoro está en la edad de su juventud, tiene un papel difícil en relación con los reyes visigodos que se ven sometidos a las luchas por el poder y a las presiones de la herejía arriana.
El rey Leovigildo ensancha el reino visigodo en la península ibérica y establece su capital en Toledo, que se convierte en el centro político y religioso de la Hispania a la que Isidoro dedica entonados versos. En Toledo, los obispos arrianos, favorecidos por los reyes godos, tratan de imponer su doctrina frente a la enseñanza romana, celebrando un sínodo en el año 580. La lucha entre arrianos y católicos se introduce en la misma casa real. El hijo mayor de Leovigildo, Hermenegildo, se casa con la princesa franca Ingunda, de firmes convicciones católicas, que se ve enfrentada a su suegra Gosvinda, defensora del arrianismo. El rey visigodo toma la decisión de trasladar a su hijo a Sevilla encargándole el gobierno de la Bética, pero el príncipe se siente cada vez más alejado de su padre al convertirse al catolicismo, influido por su esposa y probablemente también por el arzobispo de Sevilla.
En los años de la década 580-590, Hispania pasa por momentos de gran convulsión. Los obispos católicos se ven perseguidos. San Leandro sufre el destierro en Constantinopla, donde encuentra al futuro Papa, San Gregorio Magno con el que establece estrechas relaciones. Entretanto, Hermenegildo se ve envuelto en una rebelión contra su padre y termina siendo ajusticiado negándose a comulgar con los herejes y alcanzando así la palma del martirio. En el año 587, se produce la conversión al catolicismo de Recaredo, el hijo menor de Leovigildo. Poco antes de morir, su padre le había recomendado dejarse aconsejar por San Leandro. Dos años después se celebra el Concilio III de Toledo, en el que el rey Recaredo hace pública y oficial profesión de la fe católica, juntamente con los obispos, los nobles y el pueblo.
El hermano menor de Leandro, Isidoro, observa estos acontecimientos con una prudencia exquisita. Pese a las turbulencias de la monarquía visigoda, respeta el poder real y sueña con la unidad de una Hispania católica. En el año 600, sucede a su hermano en la sede metropolitana de Sevilla y demuestra sus grandes dotes como pastor y legislador. Preside dos sínodos provinciales y el IV Concilio nacional de Toledo. Los sínodos y concilios en la época de los visigodos se ocupaban tanto de asuntos religiosos como civiles. El II concilio provincial de Sevilla (a. 619), resuelve cuestiones de justicia, de doctrina y de administración de la provincia bética. El IV concilio nacional de Toledo (a. 633), convocado por el rey Sisenando y presidido por San Isidoro, trata de unificar la liturgia hispana, de regular la vida y formación del clero, de tutelar los monasterios, de proteger a los pobres.
A falta de relatos biográficos de la época sobre San Isidoro, a través de sus escritos podemos ver los principios y criterios que inspiran su labor episcopal. En su obra sobre los Oficios eclesiásticos , dedicada a su hermano Fulgencio, describe minuciosamente las funciones del obispo. En su Historia de los Godos manifiesta su pasión por Hispania a la que canta como «la más hermosa de todas las tierras». Al ilustrado rey Sisebuto, a quien considera su señor e hijo, le dedica su libro sobre la Naturaleza. En la gran Hispania que se perfila en tiempos del rey Suintila, después de su victoria sobre los bizantinos, quiere ver Isidoro la nación llamada a desempeñar un papel universal en la historia. La gran preocupación del concilio IV de Toledo, según se desprende de alguno de sus cánones, es mantener la unidad y estabilidad de la patria hispana que en la primera mitad del siglo VII dependía de la monarquía visigoda.