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félix madero
León

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Los grandes titulares nos despistan y hacen que nuestros ojos observen realidades que terminan por no cumplirse. Quiero decir que nos entretenemos con asuntos que nos hacen pasar el rato, aunque ese rato nos irrite y desgaste.

Tengo para mí que de los muchos problemas que España tiene Cataluña no lo es. Hay demasiada sobreactuación, tanta que terminará por llevarse a los protagonistas del lío que nos entretiene y desgasta

Artur Mas el primero. Cuando lo que se ofrecen son milagros lo normal es vender sueños, pero desde hace mucho sabemos que los milagros que no se cumplen y los sueños que no se realizan terminan colocando a todo un pueblo en la melancolía. Mala cosa esta. Cataluña no es pues un problema, y mucho menos los catalanes. Un problema es el dato que el Instituto Nacional de Estadística (INE) dio a conocer el otro día, que el 32% de las personas sin hogar han perdido su techo en el 2012. Han terminado en centros asistenciales, en comedores sociales y albergues. Son en su mayoría hombres, y más de la mitad pasa los 45 años. He aquí un argumento —un verdadero problema—, para preguntarse hasta qué punto podemos llamar a eso vida. Hay entre estos nuevos pobres un matiz que destroza la buena voluntad con que nuestros padres quisieron darnos una educación para no quedarnos a la intemperie material y moral: el 12% de las personas sin hogar tienen estudios superiores.

Cuando la educación te deja fuera del sistema los afectados tienen todo el derecho del mundo a dudar del sistema. De un sistema que coloca a estas personas en el anonimato, incapaces de romper los titulares de un telediario, la intervención de un político o el discurso del jefe del Estado.

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Cuando escribo entra en mi correo el mensaje de una amiga con una cita de Ortega y Gasset: «Imaginen que cada uno de nosotros cuidase tan solo un poco más cada una de las horas de sus días, que les exigiese más intensidad». Ortega nos invita a multiplicar por diez, mil o cien mil esa posibilidad, ese esfuerzo personal que en suma sería un enriquecimiento gigante que hace que imaginemos «el fabuloso ennoblecimiento que la convivencia humana alcanzaría». Pero me temo que Ortega no hablaba de las riquezas materiales. Y sí de las morales, las que nos invitan a pensar en personas que fueron y ya no son. Estas Navidades nos recuerdan que un día fueron tal y como somos nosotros. Y además, con estudios.