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Julio Ferreras. Catedrático de IES
León

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Hablar de la necesidad de rescatar a los bancos para salir del caos y la crisis que padecemos, es uno de los mayores insultos y agravios al pueblo, una argucia muy común entre los que detentan el poder político y el económico; es pensar que los ciudadanos padecen idiotismo y son completamente ignorantes. ¿Hasta cuándo van a soportar los pueblos tanta patraña y tanta demagogia de parte de esos dos poderes? Pero es triste comprobar que hay aún ciudadanos que se lo creen, porque intentan hacernos ver, desde el poder, que el rescate a los bancos es necesario para salvar el hundimiento del sistema financiero, y que es preciso elegir entre el actual sistema político y económico o el caos, cuando la realidad es que el caos y la crisis los ha generado precisamente este sistema. El «sistema financiero» de los poderosos está más fuerte que nunca, bastaría acudir a sus bienes y a sus cuentas, en España y en los vergonzosos paraísos fiscales. El único «sistema» que ha sido hundido es el del trabajo, el salario y las ayudas sociales al pueblo. ¡Es tan fácil comprobarlo! Es la evidencia diaria para un número cada vez mayor de personas. Por eso, el pueblo percibe que es necesario y urgente un cambio profundo de este sistema abusivo, cruel, inhumano y caduco. Este pueblo, cuyos bienes han sido —en buena parte— usurpados por la usura y la ambición de ciertos banqueros y la corrupción de determinados políticos, no puede entender ni aceptar el pago del rescate a esos estafadores a cuenta de sus bolsillos y, en muchos casos, de su indigencia.

Hasta ese punto de descaro, indecencia, coartada y locura nos quieren llevar esos delincuentes, a comulgar con ruedas de molino. Para ello cuentan con sus secuaces y fieles lacayos de todo tipo, que hacen el trabajo sucio de confundir al público y defender lo instituido como el único medio de supervivencia. ¿Quién, en su sano juicio, puede entender y aceptar el rescate a un estafador? ¿No dice el más elemental sentido común que a quien hay que rescatar es al que ha sido estafado, es decir, al pueblo? Es el pueblo el que realmente necesita el rescate, ya que se encuentra empobrecido y vilipendiado. Pero he aquí que a los pueblos nadie les rescata, a no ser ellos mismos. Eso es lo que ha hecho recientemente el pueblo de Islandia, cuyo ejemplo podría servir de guía de actuación para el caso, salvadas las distancias y las diferencias de idiosincrasia. Ese pueblo se alzó contra los políticos y banqueros culpables de su mala gestión económica, los ha juzgado y condenado; de esta forma el pueblo se ha rescatado a sí mismo. Los islandeses se han negado a pagar la deuda soberana contraída por la banca, y hoy van superando lentamente la crisis.

Es cierto que algunos medios (muy contados y, por ello, acreedores del agradecimiento popular) están colaborando para desvelar toda esa patraña en la que han estado enmarañados esos políticos y banqueros, culpables de tantos desfalcos, abusos, atropellos y corrupción, a los que hay que añadir los excesos de las compañías eléctricas, petroleras, de telefonía, etc., y como víctima de todo ello, el sufrido pueblo español, cada vez más confundido y harto de lo que esta democracia usurpada le está revelando.

Toda crisis grave exige, para superarla, una revolución, que no es otra cosa que cambios y ajustes profundos, estructurales, que afectan a la propia Carta Magna. No bastan los «paños calientes» que está llevando a cabo el Gobierno, y mucho menos los rescates a la banca y los desafortunados recortes salariales y sociales a los trabajadores; eso sólo ha traído más parados, más precariedad y más pobreza. Sencilla y llanamente, hay que rescatar lo usurpado a los ciudadanos. Y ¿cómo? Yo no soy un experto económico, pero en estos momentos lo que menos se necesita son los sobornados expertos económicos, y lo que más, el sentido común de los honrados expertos. Éstos están más o menos de acuerdo en que, para salir de este caos y de esta crisis, es preciso llevar a cabo, entre otras, estas medidas. Por un lado, perseguir y pedir responsabilidades políticas y penales a los culpables de los desfalcos y la corrupción, investigar y embargar sus bienes y sus cuentas bancarias, y llevarles ante los tribunales de justicia para juzgarles por sus múltiples delitos. Muchos de ellos son bien conocidos por el pueblo.

Por otro lado, emprender una profunda reestructuración del aparato del Estado y de las autonomías, para evitar el despilfarro, la evasión de capitales y de impuestos, la corrupción, el corporativismo y los privilegios, la injusta y vergonzosa amnistía fiscal, etc., y llevar a cabo la imposición de impuestos a las grandes fortunas y, en general, a los más ricos para cumplir con esa máxima de justicia distributiva: que pague más el que más tiene. Los cientos de miles de millones de euros que recaudarían las arcas públicas serían suficientes para superar la crisis que padecemos, que es no sólo económica, sino sobre todo una crisis de orden, de progreso moral y de valores. La actual crisis mundial es una crisis de percepción, ha repetido el ilustre físico Fritjof Capra.

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Por tanto, no haría falta pedir ayuda alguna al exterior, simplemente conseguir mayores ingresos y dar con el paradero de lo que ha sido hurtado al pueblo, porque el dinero no se come ni se evapora, es una poderosa energía que sólo cambia de lugar y de bolsillo. Por eso, el pueblo sabe que ese dinero está en alguna parte y no debe cesar en su empeño y su legítimo derecho de dar con su paradero, a sabiendas de que va a contar siempre con la oposición de aquellos que tienen la obligación y la responsabilidad de hacerlo, desde el poder político, debido a que muchos de ellos están implicados. La revolución, en forma de protestas y manifestaciones firmes, insistentes y no violentas, es imprescindible. Los pueblos deben tener presente que toda crisis conlleva siempre una revolución para dar un paso adelante, para una regeneración, como la crisis de la adolescencia es una revolución para acceder a la etapa adulta.