Diario de León
Publicado por
FÉLIX MADERO
León

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Como sucede a tantos me paré un rato a respirar y pensar un instante lo que hacía. Dejé las bolsas en el suelo y me apoyé en la pared de los grandes almacenes que acababa de dejar. Había pasado allí un rato agobiante comprando regalos. Fue justo al pagar cuando sentí una cierta contradicción en la forma en que a veces junto las palabras y en la manera de expresar lo que hago, que es lo que hacen tantos españoles: comprar regalos. Ahí, en una calle del centro, mirando a la gente pensé si los regalos de verdad se pueden comprar.

Vino a mi memoria aquello que Machado puso en boca de Juan de Mairena, que solo los necios confunden valor y precio. Bien, me dije, soy un necio, pero por qué no lo he pensado antes, ¿se pueden comprar los regalos? Y claro que se puede, yo mismo estaba rodeado de bolsas con libros, música, ropa. Los acababa de comprar pensando en personas que quiero y con las que comparto la magia de una noche que irremediablemente nos lleva a la infancia. Eso pensaba cuando me di con una fila de niños y papás que esperaban ser recibidos por los Magos de Oriente en una especie de palacio callejero lleno de luces y color. ¿Cómo no pararme?

Entonces recordé el día en que mi madre hizo una cola parecida para que sus asustadizos hijos se sentaran en las rodillas de un verdadero Rey presto a escuchar una vez más la misma retahíla: que habíamos sido buenos, que merecíamos lo que estaba escrito en la carta que llevábamos en el bolsillo de nuestro abriguito, que... Mientras veía las caras alucinadas adivinaba las malas pasadas que el tiempo hace en nuestra mente.

No diré que miré las bolsas con desprecio, porque todo lo que había adquirido y pagado lo elegí pensando en personas que quiero, pero decidí entonces que en el momento de entregar mis presentes a familiares y amigos escucharían de mis labios esta historia que ahora acabo de escribir. Quizá puedan descubrir lo que a mi me ha costado algunos años desentrañar, que los regalos verdaderos no están en las estanterías, que nacen de dentro, y se hacen presentes cuando una boca que no ves se abre y dice te quiero y tu mirada siente cómo brillan los ojos del niño que fuiste.

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