LA VELETA
El precio de la corrupción
Hace un mes, el magistrado madrileño Daniel de Alfonso, director de la Oficina Antifraude de Cataluña, decía que «tienen razón los que creen que hay mucha corrupción». Según el barómetro 2012 sobre la percepción de la corrupción en Cataluña «el 92,8% de los catalanes piensa que la corrupción es un problema bastante grave». Tras el escandaloso acuerdo en el caso Pallerols —jueces y fiscales por medio—, el reconocimiento explícito por parte de CiU de haberse financiado irregularmente —nadie devuelve 400.000 euros si no tiene nada que ver en el asunto—, el silencio culpable de Durán Lleida y la negativa de todos los implicados a asumir responsabilidades políticas, espero que el 7,2%, excluidos los corruptos, se hayan pasado al otro bando porque es una desvergüenza absoluta. «Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella» decía Joan Baez hace muchos años. Que la Justicia haya tardado 18 años en resolver este asunto es otro escándalo mayúsculo. También sin responsables.
Son 200 o más los políticos implicados en caso de corrupción, pero hay muy pocos en la cárcel y algunos ya han sido indultados. Otros, implicados con sospechas más que fundadas, siguen aferrados a sus puestos. Cientos de consejeros de las viejas cajas de ahorro, muchos de los cuales saltaron allí desde la política, desde la patronal o desde los sindicatos, sin ningún mérito demostrado, sin experiencia y sin conocimientos, se lo han llevado crudo y ni siquiera responden de haber quebrado unas instituciones que parecían sólidas.
Hay miles de políticos y altos funcionarios en España y la inmensa mayoría cumple su trabajo con dedicación y con ética buscando el bien de todos, el bien común. Pero esos pocos —demasiados siempre— corruptos y corruptores de otros deberían tener dos sanciones básicas e inmediatas: la social y la judicial. Sin acuerdos, sin pactos, sin apaños. Quienes gobiernan hoy deberían hacer que la escuela fuera el lugar donde los niños aprendieran que esta sociedad es de todos y que lo que es de todos es sagrado. Porque si no está en nuestras entrañas, si no forma parte de nuestros genes, no funciona. Sólo hay dos bandos, el de los corruptos y el de los éticos. Pero todos los que miran para otro lado, los que consienten, los que se corrompen «solo un poquito» acaban, como decía Joan Báez, formando parte de la podredumbre. El coste social que producen la falta de transparencia, la no justicia y la corrupción es inmenso.