Diario de León

LA 5.ª ESQUINA

Calor que protege de ciertos fríos

Publicado por
JESÚS Á. COUREL
León

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La cantidad de individuos que somos en el planeta y la barbaridad de instrumentos que hemos fabricado, suponen una ecuación muy complicada para resolver la incógnita de nuestro futuro. El progreso sin control (o con el control del progreso por depredadores) deja una preocupante malformación, de difícil tratamiento estético. No se puede considerar que todos los caminos sirvan para ruedas, ni toda la filosofía se vincule al pensamiento numérico. La tecnología nos ha convertido en víctimas de la evolución humana basada en ir deprisa a cualquier parte, sin importar como ni adonde. Esa retórica hueca nos empuja a situaciones lamentables, donde el miedo nos paraliza o nos empuja a la violencia que, en palabras de Clemades podría ser: «para que vamos a arreglar las cosas hablando si podemos hacerlo a puñetazos».

Recuerda Ernesto Escapa, en El Filandón de este diario, al poeta portugués Miguel Torga. Este combativo escritor, estaba convencido que un día le presentaría a la naturaleza humana un plan de creación que ella no tenía. Con la esperanza de hallar una revelación singular (entre las banalidades cotidianas), adivinó la mejor opción en su tarea de médico rural, disfrutando con una experiencia directa de la naturaleza. En el mundo campesino encontró una forma de vida basada en la cooperación y no en la competitividad, con esa práctica cotidiana de vivir sin ansias de poseer cacharros inútiles. Decía el poeta de Trás-os-Montes que sus brazos estaban hechos «para abarcar fraternidades amplias, sentimientos profundos, emociones fuertes y naturales» y recomendaba evitar las agonías lentas con «agua, frutos, sol y una conducta fundada en la verdad hechicera de las cosas».

Así lo hizo Ángeles Alonso, cuyo taller de costura en Bembibre cumplió 30 años de existencia, al igual que el museo que ella fundó. A sus 93 años, con aguja e hilo, nos deja herencia de tenacidad, paciencia y humildad que alienta a dibujar otra forma de vivir. Miguel Torga recuerda una señora de 90 años a la que compró una alfombra que había tejido «con la paciencia y sabiduría de una araña». A pesar de los ruegos y del ofrecimiento de dinero, la anciana no quería deshacerse de ella. Ya no podría hacer otra, le dijo. Tras mucho batallar, se la vendió. La guardó el poeta como un talismán, no solo por la ingenua belleza de su dibujo o la sedosa textura para sus pies, sino porque lo hecho por máquinas, «no tiene suficiente calor humano para protegerme de ciertos fríos». En el tejido de esa alfombra veía el poeta el rostro ascético de la mujer que, con aquellas lanas, quizá hubiese escrito el único poema de su vida… Había que hacer algo.

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