Diario de León
Publicado por
ernesto escapa
León

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San Miguel de Escalada es una joya del arte medieval español que en el 2013 cumple mil cien años. Su galería de doce arcos es uno de los iconos de nuestro patrimonio. Sin duda, la más primitiva y espectacular de un género que prosperará más tarde en el románico del Duero, como espacio funerario y de reunión vecinal. Los arcos del pórtico se colocan en dos momentos: los siete de la izquierda en la década de los treinta del siglo diez y los cinco que enlazan con la torre ya en el once, traídos desde Eslonza. Las últimas excavaciones arqueológicas encontraron bajo la iglesia la huella de un templo visigodo, construido a su vez sobre una quinta romana.

El interior es un recinto mágico, con tres naves, arcos de mezquita y capillas en umbría. Antes de entrar, conviene darse una vuelta por el perímetro, para descubrir el dibujo de las celosías, los modillones con caras astrales, la ventana geminada de la torre, los capiteles del pórtico, las tres portadas y la doble ventana lateral. La tradición pretende que la obra se hizo en doce meses, aprovechando materiales romanos y visigodos en un mestizaje que cada experto trata de arrimar a su espiga. Quienes niegan entidad al arte mozárabe, atribuyen la madurez que revela el edificio a la destreza de un maestro de obra asturiano prestado por Alfonso III a los monjes llegados de Córdoba. En esa línea, Escalada sería un paso más en la arquitectura prerrománica.

Sin embargo, el interior de Escalada evidencia algo que no está en esa tradición: el duende de su mozarabía. Aunque su soplo se inscribe en un crisol de tradiciones, lógico en ese momento de la primera repoblación monástica. Dos galerías paralelas de cinco arcos de herradura recorren la planta basilical de tres naves, que interrumpe en el presbiterio una arquería transversal de tres huecos, marcando la zona litúrgica de los ábsides. Por encima de estos arcos corre un friso de estuco decorado con pájaros que se acicalan, leones y racimos. Las cubiertas son de madera y la central se inscribe en el mudejarismo de los artesonados del Esla, floreciente en los siglos catorce y quince. Va pintada con motivos geométricos y con los escudos de León y Castilla.

Un flechazo de luz ilumina cada uno de los tres ábsides, cuya planta dibuja una herradura muy pronunciada. Sobre el central se camufla una cámara secreta, habitual en los templos visigodos. Varios canceles profusamente decorados dominan la entrada a los ábsides. Es el momento para recrearse en la maestría escultórica de los capiteles y en la magia del recinto, que reproduce en miniatura el boscaje columnario de Córdoba y su juego de perspectivas. En los años cincuenta, existió el proyecto de trasladar este conjunto a la ciudad, frente al cuartel de Almansa.

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