Diario de León
Publicado por
José Luis Gavilanes Laso .Escritor
León

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Sobre monseñor Joseph Ratzinger, que ha devenido Papa bajo la denominación de Benedicto XVI y ahora renuncia el solio pontificio, según interpretaciones recogidas por diversas fuentes, parece que no sentía por los animales un entusiasmo indescriptible. Sorprendentes fueron estas Navidades los comentarios sobre sus escritos en los que parece negar el idílico nacimiento de Jesús al lado de la bula y el buey en un establo, con los que tradicionalmente tantas veces hemos convivido en nuestra infantil inocencia a la hora de levantar el nacimiento del hijo de Dios. Tampoco la paloma del Espíritu Santo era motivo de devoción para Ratzinger al negar que tuviera papel alguno en los cónclaves para la elección de los sucesores de Pedro. Pero si sus palabras sobre los animales domésticos en el establo junto a Jesús se prestan a discusión, respecto a los animales racionales Ratzinguer no estaba precisamente entre los detractores de la Inquisición, martillo y holocausto de herejes: Siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), Ratzinger declaró en Pamplona, en 1998, que la Inquisición «no era ese ente oscuro que se piensa muchas veces, sino que, según investigaciones recientes, se trataba de una institución mucho más ‘humana’ de lo que se pensaba». Y en otras de sus declaraciones puntualizó que la Inquisición no era tan cruel como lo proponían los librepensadores del siglo XIX, sino que fue muy «amable» en especial, se me ocurre, con Galileo Galilei, a quien el papa Urbano VIII obligó a abjurar de sus avanzadas conclusiones científicas y que al eliminar a los herejes favorecía la paz religiosa.

Según el investigador y profesor universitario René Chandelle, «papólogo» que ha escrito una historia escandalosa de los sucesores de Pedro bajo el título de Traidores a Cristo , tras la muerte de Juan Pablo II se desató una de las luchas más feroces y menos espirituales para alcanzar el trono del Vaticano. Según el citado investigador, Ratzinger organizó mucho antes de que muriera Juan Pablo II una intensa campaña para convertirse en Benedicto XVI.

Apoyado por los conservadores de la curia y el Opus Dei, propicio su campaña electoral sin la ayuda del Espíritu Santo y empujó a los cardenales menos progresistas a elegirle. Contó para ello con la ayuda de los cardenales Alfonso López Trujillo, de Colombia, y Jorge Arturo Medina, de Chile, ambos del Opus Dei. En Europa tuvo el apoyo de Chistoph Schoemborno, que él mismo había colocado en Viena para frenar los movimientos progresistas de la diócesis.

Dentro del cónclave, Ratzinger se enfrentó al jesuita Carlo Martini, pero especialmente al argentino Jorge Mario Bergoglio, otro jesuita que aspiraba también al solio pontificio. Ratzinger había utilizado todas sus influencias y poderes para neutralizar a sus rivales, y así, en la primera votación celebrada el 18 de abril del 2005, Carlo Martini sólo consiguió nueve votos, pues Ratzinger se había apresurado a explicar privadamente el lamentable estado de salud de su rival, que además estaba aquejado de un incipiente párkinson.

Ratzinger obtuvo 47 votos; Bergoglio fue el segundo clasificado. De esta forma, el todopoderoso prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dejaba fuera de combate a un competidor alegando su mal estado de salud. Por otra parte, tenía a su favor que muchos miembros del colegio cardenalicio habían sido nombrados con recomendación, por Juan Pablo II, basándose en su conservadurismo. El cardenal colombiano López Trujillo hizo campaña contra Mario Bergoglio ofreciendo como alternativa a Ratzinger. La segunda votación dio a este último 65 votos y 35 a Bergoglio. Los jesuitas y Martini creían que Ratzinger no lograría conseguir reunir los dos tercios necesarios. En la tercera votación Ratzinger obtenía 72 votos y Bergoglio 40, pero el argentino tuvo miedo y no se vio con fuerzas para mantener el pulso a su competidor, que presionaba por todos los lados. En la cuarta y última votación, Ratzinger conseguiría 84 votos y Baergoglio 26. Hubo cardenales que mostraron su desacuerdo con la elección, como Bernard Law y Goodfried Daneels. Cuando se supo el triunfo del alemán, los miembros numerarios del Opus Dei y de los movimientos católicos conservadores lo celebraron con enorme júbilo. Hubieran querido tener un papa del Opus Dei, pero se conformaban con una papa afín a la Obra; un sumo pontífice que seguiría manteniendo las mismas posturas conservadoras y mantendría a raya a los jesuitas, sus más poderosos opositores.

Obispos sudamericanos declararían más tarde que Ratzinger había hecho campaña electoral a través de cardenales afines; claro que esto no era de extrañar —afirma Chandelle—pues Ratzinger ya había afirmado en 1978 que «no era el Espíritu Santo el que dicta a los cardenales el nombre del nuevo papa». La elección de Benedicto XVI se produjo, pues, según el aludido investigador, gracias a la influencia que el Opus Dei tiene en el Vaticano, especialmente en los cardenales más conservadores.

Según el irlandés San Malaquías, arzobispo de Armag, al que se le recuerda por ser fuente de milagros y don de profetizar sobre los papas, estableció lemas para cada uno de ellos. Profetizó que sólo habría 112 papas desde Celestino II (1130). Con su renuncia después de ocho años de pontificado, Benedicto XVI es el Papa que, con el lema gloria oliviae (La gloria del olivo), la Iglesia católica entra en su penúltimo Papa, esto es, el número 111, elegido en cónclave. Según la profecía de San Malaquias, después del 111 accederá al trono de Cristo un hombre elegido entre todos los cristianos con el nombre de Petrus Romanus, el último, ya que después de él será destruida la ciudad de las siete colinas y el temido juez juzgará a su pueblo y será el fin de la Iglesia católica. ¿Se cumplirá la profecía de San Malaquías? Al menos, el arzobispo irlandés, que murió en 1132 en brazos de San Bernardo, había profetizado la fecha de su propia muerte, y ésta se cumplió con rigurosa exactitud. Veamos, dijo un ciego.

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