Diario de León
Publicado por
Manuel Arias Blanco. Profesor de Secundaria
León

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Con razón muchos no creen en el sistema educativo actual, como bien dice y argumenta Javier F. Higarza en su artículo de opinión del Diario de León. Hay que estar a tono con los tiempos y no anclarse en el pasado, aunque haya cosas que merece la pena restituir, poner en valor y airearlas. No todo lo anterior está en desuso, ni mucho menos. Queda el esfuerzo, la interacción con los otros para mejorar el aprendizaje. Queda el deseo de ir creciendo íntegramente.

Es cierto que los conocimientos están al alcance de cualquiera, sin necesidad de ir a la escuela. Nos bombardean muchos medios y nos saturan. Y, a veces, el profesor poco puede hacer frente a ese aluvión de saberes. Pero, a pesar de todo, el profesor como filtro y guía de este inmenso saber es más que necesario. Pero debe cambiar la orientación de la enseñanza. Debe ser más práctica, debe estar más en conexión con las empresas, con la realidad palpitante. Es absurdo el conocimiento teórico, sin una aplicación real con el mundo empresarial. Porque vivimos en un mundo inmerso en múltiples facetas y la Escuela ha de ir preparando al alumno para que afronte mejor el reto del trabajo.

Un profesor, como dije en alguna ocasión, debe avanzar y aclimatarse al momento actual. Enseñar hoy no puede ser igual que hace años. Hay cosas que deben mantenerse: el trabajo, la cooperación, el intercambio en clase… Hay otras cosas que deben imponerse, como los medios de comunicación más en boga, sin que estos desvíen la atención del proyecto básico: crear personas capaces de opinar, debatir, dirigir, pensar… Se trata de formar personas íntegras, independientes y con la formación suficiente como para dar pasos firmes y seguros. Y el profesor en esto debe ser un guía poderoso e insustituible, un experto en encaminar al alumno al mejor aprovechamiento del proceso de enseñanza/aprendizaje. Y tampoco hace falta que tenga «vocación» para encauzar a gente hacia una meta esperada, sino capacidad y responsabilidad. Con esto basta. El fracaso no suele provenir de la falta de vocación del docente. Todos tienen que poner de su parte: el alumno, porque necesita conocer un mundo nuevo; el profesor, porque su experiencia le avala y la mejora del alumno le enriquece. Ambos son necesarios y ambos han de querer lo mejor. Si una parte no pone todo el empeño seguro que el fracaso nacerá y afectará a ambos estamentos.

No es cierto que la formación esté en rebajas, ni mucho menos. Aquel que esté mejor preparado tendrá más puertas abiertas. Siempre decía a mis alumnos que un «médico» —o cualquier especialista— podía ejercer de médico o de cualquier otro oficio inferior. Pero una persona sin preparación está expuesta a lo que salga y se acabó. Es decir, el mejor preparado tiene una gama amplia de oportunidades, mientras que otros solo pueden optar por una sola cosa.

Eso es lo que debe brindar la escuela y su formación. Eso y no una lotería o incertidumbre, como hoy día. Muchos jóvenes altamente preparados no encuentran ninguna salida y tienen que irse fuera. Es una pena este despilfarro de hoy. Frente al tremendo fracaso escolar, brilla la riqueza de una juventud más preparada que nunca. Hay que darle salida como sea. También como ejemplo para quienes vienen por detrás, para que observen que el estudio sirve para algo, conduce a una meta. Si antes la construcción absorbió a muchos estudiantes por un dinero fácil, ahora parece que prima la preparación. De los dirigentes depende que esta juventud excelentemente preparada tome los mandos y vayamos rumbo a buen puerto. Así sea.

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