LA 5.ª ESQUINA
La bicicleta del tío Silvestre
Un día de verano, a la sombra del peral que había plantado hace muchos años, contaba mi pariente Silvestre que de joven vino a Ponferrada a trabajar en la central de Compostilla, junto a la Fuente del Azufre. Era el año 1948. Se levantaba antes de salir el sol y emprendía camino a pie desde Borrenes pasando por Rioferreiros, Santalla, Priaranza y Villalibre, hasta llegar a Ponferrada. Hacía su jornada laboral y volvía al pueblo para seguir trabajando en las faenas agrícolas hasta el anochecer. El cuerpo lo aguanta todo cuando eres nuevo, decía sonriendo. El día que le dejaron una bicicleta fue el hombre más feliz del mundo. El campo apenas daba para vivir con dignidad, mientras que un jornal colmaba los anhelos de prosperidad. Pero Silvestre sabía que sólo labrando la tierra consigue el hombre la perfecta dignidad de la especie. «Los únicos seres civilizados son los analfabetos», dirá Miguel Torga. Silvestre murió no hace mucho, cuando le faltaban unos meses para cumplir cien años, con apetito y lanzando piropos a cualquier moza que se pusiese a tiro.
Ponferrada creció a costa del abandono de muchos pueblos bercianos. La riqueza de una cultura milenaria, cuyas raíces se hundían en la tierra fértil, se diluyó cuando el conde de los Gaitanes cruzó el puente de la Puebla para comprar los terrenos donde edificaría la nueva metrópolis bajo la fiebre del carbón, en el verano de 1918. Casi un siglo después, la miseria urbana nos avisa que «cuanto soltamos el azadón y subimos un peldaño la escala social, nos hacemos huidizos, insolidarios desconfiados, incapaces de una armonía social», dice Torga; por eso Silvestre supo ganar un jornal, sin abandonar los viejos rituales del conocimiento. Gracias a él, puedo comer una rica compota de peras carujas al llegar el invierno.
Ahora nos anunciaron que el mapa universitario defenestra la carrera de Industrias Agroalimentarias en el campus berciano, ante la falta de alumnos. Será que no hemos enseñado a nuestros hijos (y vuelvo a citar a Torga), que «participar de las alegrías y de las tristezas de nuestros semejantes, intercambiar palabras, ideas y sentimientos no es posible más que en las cuadrillas de vendimiadores, en los grupos de jornaleros, en los que la fraternidad del sudor se amalgama en la sinceridad y honradez de lo natural». Por eso los jóvenes se matriculan en otras carreras y emigran a buscar trabajo en grandes ciudades. Nada raro, por otra parte, en una generación que ha crecido en los centros comerciales, sin darse cuenta que la verdadera felicidad pasa por subir a la bicicleta de Silvestre, para hacer el viaje al revés… Había que hacer algo.