LA VELETA
Abdicación, palabra de moda
Ahora se habla mucho de la abdicación del Rey. La pide el líder de los socialistas catalanes, provocando oleadas de furia en el PSOE, que no quiere abrir precisamente ahora carpetas explosivas, y, por supuesto, provocando alarma en el Gobierno y en el PP, donde piensan que, para cambios, ya estamos teniendo bastantes. En algunos medios de comunicación también se ha abierto este melón, aprovechando acaso la exquisita discreción a este respecto que practican en La Zarzuela. Personalmente, me acuso de haber hablado y escrito muchas veces sobre esa dimisión real, que solamente a una persona compete: a don Juan Carlos de Borbón. Ahora, viendo las últimas intervenciones, desde la sombra, del monarca, me decanto porque, pese a todo, siga un tiempo más, aunque acaso sólo unos meses, llevando el timón.
Siempre creí, desde que le hice una primera entrevista hace un cuarto de siglo que el príncipe Felipe era lo que los españoles necesitaban como heredero de la Corona de España: quienes le conocen, que no son demasiados, aprecian en él muchas virtudes para el cargo. Pero acaso deba seguir esperando unos meses, cumpliendo un papel creciente en cuanto a representación, mientras su padre asegura la marcha política de la nave. No todos lo saben, pero el Rey sigue practicando lo que yo llamaría una eficaz diplomacia interna del teléfono: sin ir más lejos, antes del debate sobre el estado de la nación llamó a los dos principales protagonistas —Rajoy y Rubalcaba— y les pidió que no contribuyesen, en sus parlamentos, a aumentar la tensión que ya vive este país.
Es patente que el Rey está física, que no intelectualmente, mermado, y su próxima operación le va a mantener apartado de cualquier actividad física excesiva. Es patente también que tanto la abdicación de la reina de Holanda como la dimisión de Benedicto XVI, para no hablar ya del affaire Urdangarin, han sido argumentos utilizados por quienes piensan que el jefe del Estado español, a sus 75 años, tiene merecido el retiro y el descanso.
Lo importante es que el Rey mantenga la voluntad de mantenerse en un puesto en el que se requiere ahora, más que nunca, de su sabiduría, veteranía y carisma. Creo que los españoles han perdonado, en general, alguna pasada trapisonda y que comprenden que el monarca puede prestar servicios esenciales para el pacto y el acuerdo que, según las encuestas, una inmensa mayoría de ciudadanos desea. Las gentes cercanas al Rey no parecen detectar ninguna tentación abandonista, aunque su desgaste físico sea más que evidente, y acaban de desmentir que el Rey esté sopesando su abdicación. Y ya digo, el desgaste no lo es tanto como para no poder repartir durante un tiempo tareas con su hijo, que se incorporaría así, gradualmente, a la jefatura del Estado. Sería una solución sabia, como casi todas las salomónicas que huyen de las medidas tajantes e inflexibles.