Diario de León

Publicado por
José Luis Gavilanes Laso escritor
León

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Aunque corre por mis venas sangre berciana, como corre el Sil entre prados, riscos y cañadas, me importa una higa quien gobierne en Ponferrada. Me da igual Riesco, Ismael o Folgueral. Tiene toda la razón del mundo, del país y de interviú, una mujer pública (dicho en el buen sentido de la palabra), escasa en estatura y soberbia en desmesura y vestidura, dominadora en votos, en botillos y en Botines, al sustantivar de «ignominia» el cambio de tercio en la alcaldía ponferradina tras la moción de censura por alianza entre el PSOE y el IAP. Esta mujer pública (insisto, en el sentido honroso del adjetivo), no obstante, ha tildado de públicas mujeres a las madres de sus adversarios políticos, según denunciaron en su día los propios afectados. Pero ellos, como yo, entienden que lo de «hijo de p.», se dice más como deseo de ofender que de precisar. Además, ¿no le espetó el abofeteado Calomarde a Luisa Carlota que manos blancas no ofenden? Pues, no hay más que hablar.

Pero en esto de actitudes afrentosas o ignominiosas ni rojos ni azules, dígalo Agamenón o su porquero, están para tirar piedras. De mi memoria no se ha borrado una moción de censura, similar a la de Ponferrada, que aconteció en León no hace tantos años, cuando dos concejales tránsfugas de la UPL (Soto y De Francisco) pactaron con el PP para que Fernández tuviera que pasarle los trastos a Amilivia y retornar a las pistas de tenis. No oí entonces que la maniobra fuese una ignominia, sino, más bien, dicho por los beneficiados, como un aspecto normal nada indecoroso del sacrosanto juego democrático. Ya sabemos que los nuestros son siempre compañeros y camaradas, y los de la otra acera, esbirros, corchetes o sicarios. Cosas del lenguaje.

Esta democracia de los votos que se intercambian luego del escrutinio como cromos para acuerdos y desacuerdos, desde mi humilde punto de vista, debería llamarse con más propiedad «canallocracia». Hay tres hechos que lo avalan. Primero, votas a los que, ganando las elecciones, apenas dejan escapar diez minutos para incumplir lo que han prometido, porque el deber está por encima de las promesas; segundo, los que no votas se alían para desbancar del poder a los que votas. Si a esto añadimos que los que quieren ser votados están integrados en listas cerradas y no quieren salir de ellas, está dicho todo, o casi todo. Porque también hay que tener en cuenta la naturaleza corrupta de muchos de los votados: «Aquellos que voto urnáis, puede que prevariquéis, pues a sabiendas lo dais a quien es ruin y sabéis».

Dejo ahora a mi entrañable amigo Gavilaso de León que exprese a su modo ripioso el dúo azul y rojo de ignominias canallocráticas leonesas: «En tiempos de Zapatero —pucelano y socialista, aunque de leonés se vista— y el rey Juan Carlos I —esquiador y elefantista y de yerno puñetero—, León era un avispero por apaño transfuguista en boca de reporteros de tele, radio o revistas. Tras lograrlo por los pelos en reñida votación, presidía, a la sazón, la alcaldía de León —con acierto y mucha jeta, según cada cual lo cuenta— un socialista glotón, Paco, de apodo, Raquetas —por ser un diestro tenista a menudo campeón por varias canchas o pistas y haber llenado el zurrón con excusa legalista que de euros fue un pastón por sus ansias egoístas—, gracias a la coalición del grupo de leonesistas. Mas, dos miembros de esa lista, una tal Soto y Pelines (por raros, cortos y ruines), desertaron de la unión pasando a la oposición y por medio de esa treta le pusieron al Raquetas en la calle las maletas tras darle la extremaunción, que en política es receta de censurable moción. Luego fueron populares de Amilivia y de Saurina los que hurgaron a su antojo las arcas municipales, diciendo que hubo despojo y hasta prebenda interina cuando estaban los caudales en las manos de los rojos, gastando pasta a raudales sin que les diese sonrojo ver inminente la ruina. Sostuvo el tal De Francisco —el sin cabello de tonto por ser cacuménico, listo—, que el que avisa no es traidor, aunque en su caso el aserto se resienta de excepción, y sacará en su momento de la manga un documento con escándalo a la vista del partido perdedor. Y aún estamos a la espera lo desvele este señor, a no ser que fuese invento de infundado acusador.

En tiempos de don Mariano, un presidente ejemplar, aunque poco cartesiano por eso de que pensar no es conveniente ni sano; e inventor de la ecuación del más excelso saber: que para no tener que dar, lo mejor es prometer; Ponferrada está que trina viendo a su alcalde caído, no por deseo de Dios ni la Virgen de la Encina, sino por fobia e inquina, siendo la culpa de dos amigos de Lucifer y venganza ocasional, uno de nombre Ismael y otro que tal, Folgueral.

Con tanto camaleón y circense camuflado se oye de lado a lado que somos los de León poco serios o chiflados; magos asaz trasnochados, cazurros de hazmerreír, saltimbanquis con más peros que zafios titiriteros, payasos sin pedigrí, fracasados trapecistas, alambristas por los suelos, gentes de aquí para allí, trileros, funambulistas, chapuceros, travestís… Aquellos que presumís al bien común consagrar parte de vuestro vivir a los del circo dejad o ejercerlo de verdad, que nadie pueda decir ni tampoco criticar que cometéis un desliz de injerencia desleal. Si bien, me parece a mí, que resta aún por venir o lo mismo por llegar, lo mejor para reír o acaso para llorar. Mas, se dice por Botines —y ello si que tiene gracia, dígalo Soto, el Pelines , Riesco, Ismael, Folgueral o cualquiera verbigracia, que esto es el juego normal del vivir en democracia—. ¡Pacto digo de reptiles reptando en «canallocracia», de políticos muy ruines para pública desgracia!

Moraleja: «En León y en Ponferrada gravita una maldición, el que quiera ser su alcalde tendrá siempre una moción de censura reservada como inicuo bofetón: o das tú la bofetada o te tiran del sillón».

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