AL TRASLUZ
Leer y temblar
Tengo trancazo, será que una de las tres Ponferradas me ha helado el corazón. Lo extraño es que también se lo esté helando a tantos de quienes hasta ayer no sabían localizar nuestra provincia en el mapa. En cambio, el alcalde de Valladolid sabe ubicarla pero hace como si no supiese. «Hay semanas santas en todos los rincones de España, pero no me duelen prendas en decir que por un lado Valladolid, Medina de Rioseco y Zamora, y por otro, todas las demás». Don León siempre haciendo comunidad y partido, fomentado el buen entendimiento. Ha sido leer sus declaraciones y entrarme de nuevo el escalofrío. Las distinciones de interés nacional e internacional, dice, si no se conceden con rigurosos criterios se devalúan. Una forma capciosilla de expresarlo. Lo trascendente, señor De la Riva, es la Pasión misma, todo lo demás es envoltorio, vanidad de vanidades, comparado con la muerte y resurrección del Hijo de Dios para redimirnos. Convertir estas fechas en un ranking de importancias denota desconocimiento, no solo de arte sino de la religión misma. El papa Francisco se nos presentó en el balcón vestido de blanco, con un simple crucifijo. La Crucifixión no es un paso concreto sino el hecho más trascendente de la historia de la Humanidad. ¿Dónde se representa mejor? En el corazón de cada cristiano. Todo lo demás, es relativo.
No mantengo que como la Semana Santa de León no hay ninguna, pues estaría cayendo en lo mismo que le reprocho al corregidor vallisoletano. La belleza de los pasos de cualquier procesión está más allá de su estética, de lo visual y de lo sonoro. En tales días ningún creyente se encuentra físicamente donde está, sino en un espacio universal, fuera y dentro de la Historia. Además, ni siquiera el Vaticano tiene la iglesia más bonita del mundo. ¿Cuál es entonces? La tuya. Lo religioso no puede ser desligado de la humildad.
Pero si de lo que estamos hablando realmente es de turismo, entonces ya las estrategias son otras. Pero aún así, don León, no todo vale por hacerse con un mercado. No es que le tengamos manía, que no se la tenemos, es que nos preguntamos por qué hace usted como si nos la tuviese a nosotros. En fin, no nos sacamos el trancazo. Fue leerlo y temblar de nuevo.