Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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Hoy no se puede escribir sobre Ciudad del Puente. Hoy no hay hueco para lugares anclados en el imaginario de los crédulos. Hoy no queda más remedio que referirse Ponferrada, el rincón de la Península donde han venido a estrellarse las palabras más hermosas del diccionario, las herencias más preciosas de los que lucharon por nosotros, el territorio sobre el que cayó toda la mierda ladinamente acumulada entre las telarañas del pensamiento aletargado, el lugar en el que se quemaron las últimas caretas de la dignidad.

Todo está perdido. Hemos asistido a la terrible visión de la verdad desnuda, la que no queríamos nombrar, la que nos negábamos a reconocer. Nada es como alguna vez lo imaginamos. Todo es como en nuestras pesadillas nos temíamos. Todo lo que nunca se debió hacer se ha hecho. Se han cruzado todas las líneas rojas. Estamos en manos del enemigo. Y el enemigo somos nosotros mismos, tontos inútiles en la maquinaria del despropósito, empleados complacientes de la mentira ante el espejo.

Hemos decidido no trabajar para la sociedad que queremos y preferimos chapotear sobre la suciedad que tenemos. La mentecatez ha ganado la partida: nosotros le hemos dado las cartas, ellos las han marcado y ya no hay reglas de juego. Todo vale.

Ponferrada ha vivido un sainete esperpéntico con un puñado de protagonistas obtusos y torpes a más no poder, unos secundarios guionizados por Mariano Ozores y algún que otro figurante con frase fugado de una viñeta de la Rue 13 del Percebe.

Y aquí estamos ahora. Abochornados, avergonzados, decepcionados, irritados, cabreados, apenados, ridiculizados, humillados y ofendidos. Así queda Ponferrada: vacía, desasosegada, asqueada, desilusionada y nauseabunda. Sola y desangrándose como pequeña metáfora de un país grande que otra vez ha naufragado, que convirtió el sueño de la razón en el desvarío avariento del dislate. Y tan desvalida que cualquier palabra amable es el tesoro más deseado.

Pediré la baja de los censos electorales. Apartad de mí las urnas. Atenderé por riguroso orden de llegada cualquier otra fórmula, radical y no violenta, para sobreponerme al fin del mundo. Escucharé a los más jóvenes, a los felices, ingenuos y aún no contaminados por las lacras del tiempo. Reiré con la gente que quiero. No recordaré si alguna vez fui de izquierdas o de derechas. Leeré a los poetas que merecen la pena ser leídos. Escucharé a los sabios. Huiré de los idiotas. Ejerceré el oficio que me dejen ejercer. Pensaré en las oportunidades que ofrece la hecatombe y en la gente buena que al amanecer sonríe bajo la lluvia fría.

Y cuando alguien me pregunte por mi origen responderé sin dudarlo. Yo no soy de aquí: nací en Albacete y me vine a Ponferrada a comprar unas zapatillas.

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