EL RINCÓN
La piedad ha muerto
En vista de que es muy difícil acabar con la pobreza, algunos han decidido acabar con los pobres. Está de moda apalearlos, como lo estuvo en tiempos socorrerlos para exhibir nuestros buenos sentimientos, pero quizá hayamos ido demasiado lejos.
El juicio contra cuatro cabezas rapadas, por fuera y por dentro, que dejaron en coma a un mendigo, se ha vuelto un alegato que hubiera firmado muy gustosamente un colaborador íntimo de Hitler, pero en su ausencia ha sido suscrito por don Ángel Pelluz, defensor de los frustrados matones. Don Ángel, que tiene 90 años, ha dicho que «los indigentes no son personas» y que sus defendidos no han hecho nada y solo paseaban por la calle cuando vieron a los menesterosos.
Ante tamaña provocación no tuvieron más que hacer que lo que tenían que hacer: «matarlo». «A nadie le gusta ir apartando pies desclazos por la Gran Vía»
Andre Bretón dijo que el escándalo había muerto, pero ahora asistimos al entierro de la piedad. Cuando Nietzsche llamó á Cristo «ladrón de energías» se dio el primer paso. Lo demás son formas del eterno retorno.
Creía aquel genio loco que la única ilusión de las masas es producir, de vez en cuando, un ser superior, eso que llamaban superhombre, cuando todos los hombres confiaban en que se diera a alguien que tuviese valores más altos que el de ser un hombre o una mujer, es decir la de pertenecer al género humano.
Su nueva santidad, que convive con la anterior, tiene una gran tarea por delante, ya que se le ha acumulado con la anterior.
El Papa Francisco, que es jesuíta y argentino, dos cocas que imprimen carácter, tiene pinta de persona corriente. Que Dios le bendiga.
Tiene menos facilidad de palabra que su paisano Jorge Valdano, pero su táctica puede ser más larga.
Debe reformar muchas cosas y darle forma a otras. Se va a encontrar con un mundo despiadado. Como siempre, pero más que nunca.