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MANUEL ALCÁNTARA
León

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El Papa Francisco trae locos incluso a los agnósticos. No se le ocurre a nadie, después de tantos siglos, la originalísima idea de volver a Jesús de Nazaret.

Hace falta mucha imaginación para ver en cada persona un humano, ya que hay demasiadas y ni siquiera las familias numerosas pueden permitirse ese lujo.

El Pontífice actual ha rezado en su primer Ángelus a pie de calle, en la plaza de San Pedro. ¿Se está pasando nada más llegar? ¿Ignora que el mal existe? ¿No sabe que si coge un autobús lo pueden secuestrar?

El cardenal Jorge Mario Bergoglio es argentino, lo que no es estadísticamente infrecuente, pero además es jesuíta y para acabar de arreglarlo cree en Dios, lo que ya no es tan usual en sus antecesores remotos en el cargo.

Nos ha caído urgentemente simpático el Papa Francisco. Hasta el punto de que algunos le llaman Su Santidad Paco y otros Isco. No se nos puede dar confianza. Nos tomamos la mano que bendice por el brazo.

El respeto exige solemnidad y distancia, no vayamos a creer que un hombre, por muy ungido que esté, es como los demás hombres.

Al Papa Francisco le gustan Borges, el San Lorenzo de Almagro y la milonga. Es una persona. De ahí nuestra extrañeza.

Un señor como nosotros, con una sonrisa que parece recién inaugurada y unos zapatos que, la verdad, hace algún tiempo que ya están para tirarlos.

Permítame, Santidad, que rece por vos, aunque esté desentrenado.

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Creo que corre peligro porque aunque sea de los nuestros no es de los suyos. Eso de añorar la iglesia pobre y para los pobres tiene mucho mérito si se dice desde el Vaticano. El Papa Francisco no quiere vestir el cargo, sino desnudarlo. Se le ha notado nada más llegar en la indumentaria, en la manera de partir el pan y de hablarles a los inmóviles fieles que acuden a la plaza de San Pedro, año tras año y pase lo que pase en el mundo. Incluso las cosas que nunca debieran pasar.