LA GAVETA
68.000 alcaldes
Tuvieron que modificar la ley para que en Ponferrada todos sus ciudadanos pudieran ser alcaldes. Por treinta y un minutos cada uno: el resultado de dividir 68.000 personas entre los 1.460 días de la legislatura.
La ley se tramitó de urgencia en las Cortes, estaban de acuerdo todos los partidos. La idea la había propuesto Gil y Carrasco con un e-mail enviado desde el Parnaso, tenía la bendición laica de Ramón Carnicer y fue ensalzada por Antonio Pereira en unos versos memorables.
Se creó un cuerpo especial de funcionarios, venidos de fuera para no levantar sospechas. Los nuevos burócratas, casi todos procedentes de Marbella, eran imprescindibles para tramitar los 46 nombramientos y ceses de alcaldes de cada jornada.
Los plenos eran muy rápidos, el movimiento muy bien articulado. También había fotógrafos forasteros que inmortalizaban el momento emotivo de cada alcaldesa y de cada alcalde con la vara de mando. Luego grababan su breve discurso que quedaba registrado para siempre en la videoteca municipal.
Era emocionante ver a los niños asumir su leve mandato. En cuanto a los bebés, iban en brazos de sus madres contentas y en ese caso lo que se grababa eran sus dulces llantos. Los ancianos iban como podían, aunque también había un servicio de recogida de personas mayores. Se veían muchas camillas por la ciudad. Los camilleros eran de Lugo.
Cada alcalde sonreía, cada alcaldesa sonreía un poco más. Y cada uno firmaba una orden, más bien simbólica. Por ejemplo, un alcalde decidía poner a una calle el nombre de un entrenador de la Ponferradina, pero de uno remoto, y que fracasó. Otro declaraba persona non grata a Óscar López. Otro proponía un congreso mundial del botillo, con asistencia de especialistas de la universidad de Vladivostok.
Todo era libertad y asombro, una fiesta permanente de la democracia. Los poetas tendrían derecho a acompañamiento de violoncello cuando leyeran sus poemas. Los narradores, podrían leer un cuento largo y otro corto. Los cantantes de fados tendrían que cantar dos. Uno, a su elección, y otro, obligado: «Estranha forma de vida».
El último día de la legislatura se organizaría una fiesta sensacional en la explanada de la Rosaleda, por fin dedicada a un fin concreto, útil y razonable. En esa plaza de aires norcoreanos cabrían perfectamente los 68.000 alcaldes ponferradinos, y todo sería convivencia, gozo, amor, ironía, desconcierto, luz y empanada.
Poco antes de las doce de la noche, cuando todo fuera a terminar, los 68.000 alcaldes cantarían al unísono A Ponferrada me voy o quien sabe si De Ponferrada me voy, y todos llorarían. Porque fue bonito mientras duró.