Diario de León

TRIBUNA

El último aliento de Chernóbil

Publicado por
Adrián Testera Fuertes Área de Organización de Empresas de la Facultad de CC. Económicas y Empresariales de la ule
León

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Tras el fallecimiento de Stalin en 1953, la Guerra Fría continuó junto con la política de exaltación soviética. Siguiendo la misma línea del desarrollo de la infraestructura nuclear, el Partido Comunista de la URSS comenzó la construcción de una ciudad llamada Prípyat, que fue situada en territorio ucraniano, cerca de la frontera con Bielorrusia, y que se construyó con todo lujo de detalles, espacios verdes, zonas deportivas, culturales y educativas que hacían de la ciudad uno de los lugares más envidiables para vivir de la antigua República Ucraniana. El propósito de fundar esta ciudad en 1970 era albergar a los futuros trabajadores de la central nuclear de Chernóbil que comenzó a construirse en las mismas fechas. Constaría de cuatro reactores, un quinto casi completado y un sexto en proyecto durante el 26 de abril de 1986.

No resulta sencillo explicar qué ocurrió aquella madrugada ni los motivos de las decisiones que encaminaron el suceso. Oficialmente, aquella noche se llevó a cabo un experimento en el bloque número cuatro que simularía un corte de suministro eléctrico que permitiría probar el sistema de autoalimentación del reactor. No obstante, otras versiones apuntan a una decisión militar cuya orden pretendía simular el funcionamiento de la planta tras un supuesto ataque bélico por parte del bloque capitalista. En cualquier caso, el reducir la potencia del reactor y comprobar si la inercia de las turbinas era suficiente para suministrar energía a la central antes de que las bombas empezaran a enviar el agua para enfriar el reactor, condujo a un aumento de temperatura no detectado por los sistemas de alarma.

Únicamente los técnicos fueron conscientes de la gravedad de la situación unos segundos antes de la inminente explosión producida alrededor de las 1:24 a.m. que esparció al aire la parte superior del núcleo del reactor número cuatro, unas 1.800 toneladas de peso, a una temperatura de 3.000 grados centígrados. Del enorme cráter emergió una bola de fuego y una corriente de vapor lanzó 50 toneladas de uranio y 700 toneladas de grafito radioactivo. Un enorme cilindro incandescente se elevó a más de 2.000 metros de altura formando un arco iris de colores donde predominaba el rojo. Nunca antes habían sido liberadas a la atmósfera unas cantidades tan altas de material radioactivo. La emisión de estas partículas superó en 500 veces a la bomba atómica de Hiroshima en 1945.

Tras aquella noche de caos en la que especialistas y bomberos trataron de poner remedio a tan amarga situación, en la que la radioactividad se cobró las primeras vidas de manera fulminante, sucedió la mañana en Prípyat como cualquier otro sábado. Ajenos a la situación, los habitantes disfrutaban en las calles de una de las ciudades más modernas y equipadas de la antigua URSS mientras los primeros soldados que se acercaron con total discreción no podían concebir tan elevados niveles de radioactividad en el aire en una zona que no sería evacuada hasta el mediodía del domingo, cuando a las dos en punto de la tarde un convoy de autobuses llegados desde toda Ucrania se organizaron por barrios con ayuda del ejército. Los residentes recibieron instrucciones de que llevaran equipaje únicamente para dos días, pero finalmente nadie regresó y se convirtió en una ciudad abandonada.

En cuanto a la cara política de este acontecimiento, la noticia no se había dado a conocer ni a la población ni al mundo por parte de los representantes públicos de la Unión Soviética. La nube radioactiva fue llegando a diversos países (Suecia, Polonia, Alemania, Japón, etc.) que pedían explicaciones mientras cerraban sus fronteras.

No fue hasta el 14 de mayo cuando el líder soviético Mijail Gorbachov hizo su primera declaración sobre el accidente en una sutil aparición en la televisión soviética. A la vez, el Kremlin continuaba en marcha con su maquinaria propagandística mediante la cual enviaban a periodistas a la zona afectada a realizar reportajes sobre cómo la vida seguía su curso normal.

En noviembre de aquel año se dio por finalizada la construcción del sarcófago que enterró al monstruo bajo cuatro toneladas de hormigón. Soldados, trabajadores y mineros procedentes de toda la coalición soviética fueron trasladados para trabajar en su construcción, para cumplir el trabajo que las máquinas dirigidas por control remoto no podía realizar debido a que los altos niveles de radiación interrumpían sus circuitos y trasformaban las órdenes en movimientos sin sentido. Aquellos fueron honrados con una escultura a escasos 150 metros del reactor accidentado que se yergue en memoria de los llamados liquidadores.

En la actualidad la zona de exclusión continúa perimetrada en torno a un radio de treinta kilómetros alrededor de la central nuclear, espacio abierto a visitas bajo unos requisitos previos. Sin embargo, el peligro real se extiende mucho más lejos, pues el agua de lluvia tras la explosión contaminó las tierras y con ello los alimentos que sus vecinos aún cosechan y consumen. En las zonas afectadas de Bielorrusia y Ucrania aun viven cuatro millones de personas y los productos de sus tierras son vendidos en los mercados.

La incompetencia puede tener consecuencias nefastas.

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