Diario de León
Publicado por
Luis Fernández Terrón. astorga
León

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Las colmenas

Había una vez dos colmenares que albergaban en su interior unas cuantas colmenas. Estaban situados en las soleadas caras opuestas (este y oeste) de una misma y espigada montaña. Las sociedades de dichas viviendas la componían: una reina, algunas zánganas y multitud de obreras. Estas últimas, se afanaban todas las primaveras en recorrer innumerables flores para recoger su néctar y así, elaborar el necesario alimento con el que subsistir durante el frío invierno. Cuando la estación era muy propicia, acumulaban tanto dulce manjar que sus respectivos apicultores se llevaban una buena y suculenta ración. Los cuidadores no se conocían entre sí. Uno de ellos se preocupaba todo el año de sus abejas y el otro, sólo aparecía cuando tocaba recolectar la cera y miel que con tanto esfuerzo producían los incansables insectos.

En uno de esos años, el invierno fue largo y crudo, con escasos días de primavera y seguidamente, un asfixiante verano. Las flores escasearon tanto que la producción de miel fue mínima y por eso, no les daría para cubrir sus más elementales necesidades. La muerte se ceñiría sobre ellas, a no ser que ocurriera un milagro.

El verdadero apicultor, se percató rápidamente de todo aquello y antes de comenzar el otoño acudió con varias vasijas, repletas de rica miel, a sus colmenas. No podía dejar que las abejas que tanto le habían proporcionado, acabaran su vida de esa manera.

En el otro colmenar no ocurrió lo mismo. Su recolector nunca se preocupaba de ellas y por eso, no se dio cuenta de que sus afanosas obreras estaban sufriendo. La mayoría murieron, aunque un puñado de ellas y su reina, se arriesgaron a sobrevolar la elevada montaña en busca de la otra ladera. Agotadas por el viaje y muy debilitadas, se agruparon para descansar no lejos de las otras colmenas. Cuando el señor de esa zona las vio, puso una nueva casita al lado de las suyas y la cargó del dulce alimento. Al poco rato, aquel enjambre debilitado se dirigió a su interior. A partir de ahí, en la propiedad del preocupado apicultor se fueron multiplicando, teniendo muchas y abundantes cosechas de miel y cera. Sin embargo, al otro lado, las casitas se quedaron vacías y sin manjares. El que había sido un próspero colmenar se había despoblado y al pasar los meses, al recolector también se le agotaron todas sus reservas...

Seguramente, los seres humanos que van acumulando mucha riqueza y como al despreocupado apicultor, si durante las épocas malas no ayudan a paliar las necesidades de quienes con su trabajo se la han proporcionado, al final, acabaran sufriendo unas consecuencias semejantes.

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