TRIBUNA
Niños agotados y aburridos
Deberes sí o no. Una cuestión que ya viene de largo, con defensores y detractores por igual.
Yo hablo desde mi experiencia de años en la enseñanza, enfrentándome a padres que, por la comodidad de tener a su hijo sentado, valiéndose de la autoridad del profesor, presente en las tareas encomendadas para casa, me pedían deberes. Mis alumnos trabajaban unas seis horas diarias en el aula —estoy hablando del periodo en que impartí clases de primaria— y lo hacíamos con total dedicación, enlazando un trabajo con otro, sin apenas descansos. ¿Es justo —demandaba a aquellos padres y demando hoy al sistema o al responsable que corresponda— cargarles con otras dos o tres horas de tarea complementaria para casa? Siendo la experimentación, la comunicación y el juego lo mejor para el aprendizaje del niño, ¿en qué momento puede hacerlo?
Empiezo —y mis directores de aquella etapa lo saben— por no estar de acuerdo con las clases por las tardes. Creo que una mañana bien aprovechada da tiempo para adquirir unos conocimientos que, en muchos casos, podrían dominarse mejor con la experiencia diaria.
Se hacen estadísticas que comparan países en que se emplean quince minutos en hacer deberes, o incluso nada, con otros como el nuestro, donde parece que todos los conocimientos académicos sean exclusiva obligación de unos padres que, por motivos de trabajo o hartazgo existencial, están ausentes casi siempre, y lo grave es que muestran que no por más deberes hay más información o interés; muy al contrario. En Finlandia el fracaso escolar es del 9,8% y en la «trabajadora» España es del 26,5%. Nuestra escuela, con sus desatinados niveles de exigencia, está llevando a los chicos a un hastiado desencanto ante lo que debería ser el gozo del descubrimiento y la satisfacción de sus curiosidades.
A los progenitores que, empecinados, me exigían deberes para su vástagos, siempre les aconsejé que el tiempo que pudieran dedicarles, lo hicieran mostrándoles el mundo, porque para los niños todo es nuevo: el despuntar o la caída de una hoja, el camino del sol, el canto de las aves, la compra del supermercado, la ayuda que debe prestársele a un anciano o la forma de freír un huevo. Esa es la enseñanza que debe pedírseles a los padres porque para eso todos están preparados. La otra, la académica, es, o debería ser, exclusiva de los profesores y dentro de las aulas.
Por otra parte, nunca he podido entender que los enseñantes hagan dejación de sus obligaciones, ignoro si por comodidad o porque creen realmente que están haciendo un favor a sus alumnos; en ninguno de los dos casos estarían acertados. En el primero, ¿cómo hacen coincidir sus métodos con los que a los padres se les alcance para enseñar a los niños a restar? Y en el segundo, ¿están dispuestos a lidiar con críos empachados, agotados y somnolientos, cuando, sin disponer de tiempo para nada, acudan a sus clases al día siguiente? ¡Ah! Pero la responsabilidad... ¿Qué responsabilidad deberíamos educar, la de los adultos o la de los pequeños? Creo que las dos, pero no olvidemos que los niños imitan nuestros actos, no nuestra palabrería.
Si los contenidos no son los adecuados, cambiémoslos; si las horas lectivas son excesivas, reduzcámoslas; si el alumno aprende mejor experimentando que memorizando, salgamos del aula... Adaptemos, en fin, nuestras programaciones y objetivos al tesoro que nos han puesto en las manos y que debemos moldear con sumo cuidado y cariño. No entendamos esto como nos dé la gana, como, por ejemplo, hacemos en la actualidad, pasando de curso a un niño que, por nuestra culpa o por su escasa capacidad, no ha podido alcanzar el listón propuesto.
Dejemos que cada uno haga su papel lo mejor que pueda o sepa, sin estrés ni angustia, porque todo es mucho más sencillo si se deja fluir, pues ya está pensado. El profesor podrá disfrutar de ayudar a sus alumnos a descubrir y los padres, hartos de trabajos y de prisas, al llegar a casa podrán ser cariñosos, tranquilos y ecuánimes, tal como sus hijos esperan que sean, al hacer desaparecer el punto de fricción y crispación que representan los interminables deberes. Así se potenciará también la igualdad, pues la enseñanza llegará a todos de forma idéntica; no olvidemos que hay padres que por carecer de tiempo, información o posibles para buscar profesor particular, no pueden ayudar.
Empleemos esas horas de libertad sabiamente, en deportes que eviten el sedentarismo de las nuevas «maquinitas»; en adquirir conocimientos musicales que abran o conecten, o lo que sea que haga de positivo la música con los cerebros en formación; en tiempos compartidos, viviendo al unísono las experiencias cotidianas...
Hace días, la prensa se ocupaba de este asunto, añadiendo estadísticas de los distintos países, que probaban que no por exprimir al máximo a los pequeños los resultados eran mejores, a excepción, decían, de algunos asiáticos, donde, como en muchos de nuestros colegios, después de clases de mañana y tarde, más del 90% de los pequeños acuden a academias para continuar con sus trabajos, liberando así a sus padres, que los recogen a las ocho de la tarde y los acuestan enseguida porque al día siguiente hay que madrugar. Es de esperar que los niños que logren superar tendencias suicidas lleguen a ser adultos muy preparados académicamente pero, sobre todo, individuos sin creatividad ni iniciativa; ciudadanos, en fin, disciplinados y manejables, que, en última instancia, es de lo que se trata.