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La imputación de la infanta Cristina por el juez del caso Noos es un hecho de indudable trascendencia y de nada serviría minimizarlo. Todos los esfuerzos para evitar que la hija menor del Rey y esposa de Iñaki Urdangarin quedase, contra muchas evidencias, fuera de este feo asunto han sido baldíos. El oleaje del caso Noos ha salpicado a varios miembros de la casa del Rey, y un presunto delincuente, Diego Torres, ha consumado su vendetta, ya que no ha le ha salido bien el chantaje: el jefe del Estado español es quien personalmente queda seriamente tocado por un escándalo que no le afecta directamente, aunque no faltará quien quiera, con o sin pruebas concluyentes, ver su longa manus ayudando al tráfico descarado de influencias puesto en marcha por su yerno.

Lastimoso asunto desde el comienzo, amenaza con un desastroso final si la prudencia y el buen hacer habituales de los actuales responsables de la Casa del Rey, con el propio Monarca a la cabeza, no adoptan las medidas, algunas de calado, necesarias. Siempre me he confesado monárquico, aunque en ocasiones haya ejercido una crítica que he querido constructiva para con algunas actitudes y actividades de un Rey que ha cometido —él mismo lo reconoció— errores. Pero que sigue siendo necesario por muchos conceptos, aunque temo que tendrá que ir retirándose de la primera línea más pronto que tarde. Me consta que la abdicación ha sido barajada en su entorno, pero es él, y solamente él, quien tiene que tomar la decisión en este o en otro sentido.

Resulta una situación especialmente perversa aquella en la que, de una manera u otra, quien encarna la Monarquía española sea objeto de preguntas e interpelaciones parlamentarias semana tras semana. Primero fue la llamada al jefe de los servicios secretos, general Sanz Roldán, para que informase sobre las actividades de la aventurera que se califica a sí misma como «amiga entrañable del Rey»; luego, las preguntas sobre qué se hizo con la herencia de Don Juan. Y ahora, qué duda cabe, llegará la oleada Urdangarin.

Los españoles tenemos la suerte de contar con un heredero perfectamente preparado, limpio de toda sospecha, que siempre ha sabido cumplir escrupulosamente con su deber. Y que cuenta con la general aceptación. Yo creo que merece la pena probar, con todas las cautelas, porque este experimento, el de Felipe de Borbón, tiene todos los ingredientes para salir bien. Y lo digo a pocas fechas de un 14 de abril en el que muchos afanes republicanos se verán alimentados.

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