EL RINCÓN
El azar y la necedad
Nadie sabe qué es la suerte, pero todos sabemos que existe y que a pesar de tener mucha cara exhibe preferentemente dos: la mala y la pésima. Ahora, en este momento histórico que pasará a la Historia como uno de los más conchambrosos de las últimas épocas, la casualidad ha juntado muchas palabras terminadas en «ina». Suenan y resuenan como antes en los pródigos mostradores de mi tierra andaluza resonaban y sonaban las botellas de Fino Laína, que era una galga de mi admirado don Álvaro Domec. Ahora se habla de la ciudadana Cristina de Borbón y de Iñaki Urdangarin, de la llamada princesa Corinna y de esa otra perturbadora sustancia venenosa que conocemos con el nombre de ricina, no menos urgente en sus gestiones.
No se puede decir que el presidente norteamericano no tiene quien le escriba, ya que ha recibido una misiva letal dirigida a su nombre cuyos análisis preliminares detectaron que el sobre contenía ricina.
Hay quien no tiene vergüenza ni para pegar un sello, pero los hay con tanto odio en el corazón como para enviarlo por correspondencia. ¿Cómo puede identificar la Policía a todos los sospechosos del atentado de Boston y de los que quieren atentar contra la vida de Obama? Al terrorismo organizado sólo puede derrotarlo la disminución voluntaria de los terroristas.
Estoy leyendo en estos duraderos momentos, junto a Historia mínima de España, de mi imprescindible Juan Pablo Fusi, el distraído libro de Pedro González-Trevijano titulado Magnicidos de la Historia , que abarca desde Julio César a Carrero Blanco.
El odio y la venganza han sido siempre un motor de la conducta humana. A veces se juntan el azar y la necedad y los dioses no nos dan buenos enemigos, sino tipos ambiciosos o rematadamente estúpidos convencidos de que todo se mejora matando a los que matan.
No está claro que esto sea así. Los asesinos siempre tienen suplentes y el veneno puede llegar por carta, junto a una carta de ella, que no nos llegó nunca.