FUERA DE JUEGO
Tres décadas
Toca fiesta autonómica y es posible que hoy alguien nos diga de nuevo eso de que el avance de España en las últimas décadas se lo debemos a las autonomías. Con tanta revisión de la memoria casi a diario, nos dicen de lunes a miércoles que todo lo que ha cambiado en este país se debe a la existencia de las autonomías y de jueves a sábado —tras una nueva andanza del yerno— al papel de quien representa objetivamente una institución más propia de otro siglo.
Las autonomías se justificaron en el noble objetivo de descentralizar la administración y en el deseo de dar carpetazo de una vez por todas a las ansias nacionalistas. Y tres décadas después, de lo primero poco y de lo segundo menos. La administración vive hoy singularmente centralizada en torno a esas 17 nuevas capitales que se han convertido en centros de poder para quienes buscan medrar, y sobre los nacionalistas y si se han quedado satisfechos, mejor ni planteárselo.
En las últimas tres décadas España ha cambiado y mucho, y lo ha hecho precisamente porque se abrió al mundo. Hoy sus pilares económicos descansan en el panorama exterior, incluso más que nunca en esta serpiente sinfín de la crisis. El turismo sigue siendo el puntal básico del sistema y sectores como el automovilístico exhiben que sólo mirando hacia afuera España tiene algo que hacer en lo económico.
Y el país también ha cambiado porque los españoles así lo han querido quizás vacunados después de décadas de tanto sufrimiento. Desoyendo cantos de sirena y con el marco de mayor democracia y estabilidad que nunca se había soñado, en tres décadas se ha producido una transformación de la sociedad que incluso era insospechada hace apenas 30 años.
Pero a uno le queda la duda de si esas autonomías —tal cual las conocemos— han empujado o han complicado ese desarrollo. Y también dudo del porqué a esos que les gusta tanto solicitar referendums nunca incluyen en sus demandas el de la propia supervivencia del actual sistema autonómico.
Pero también se hace necesario un ejercicio de realismo y la historia de España prueba como pocas que los éxitos llegan con las reformas y no con las algaradas. El sistema autonómico necesita una puesta a punto, como también el sitio de León. Quedarse en la pancarta no conduce a nada, ni tampoco el victimismo. Ni culpar de los males al vecino que, sin duda, ha sido más listo.