LA 5.ª ESQUINA
Un país de pico y barrena
La minería leonesa nunca tendrá las horas contadas. Por el contrario, tiene muchas horas que contar y desde hace varios siglos. Si hay un proyecto de relevancia en la evolución de la humanidad, para bien o para mal, ese es la explotación de los recursos minerales y su transformación en materiales, tangibles e intangibles, que nos proporcionan felicidad y bienestar. Las muestras de ingenio empleadas para diseñar los diferentes sistemas extractivos y la manera de transformar los tesoros del subsuelo en herramientas, joyas, armas o incluso chips, constituyen un patrimonio inmaterial que nos permite demostrar de lo que somos capaces, a veces en pura contradicción con nosotros mismos. Para reflexionar sobre horizontes más distantes, dejando lo cotidiano por un instante, creo que la minería es el factor clave de nuestra mitología, la que mejor define nuestras capacidades desde la Prehistoria hasta la actualidad. La actividad minera constituye la narración épica leonesa, cuyo valor como elemento antropológico y etnológico, no tiene parangón en ningún otro lugar.
Aunque reconocemos el valor de la minería antigua —sobre todo las explotaciones de oro romanas—, de la actual aún no percibimos su carácter sorprendente e innovador. La minería no solo parece condenada a desaparecer como actividad económica, sino que también padece un lamentable olvido en su historia al que sumamos una rápida destrucción, tanto de instalaciones como de memorias, en una rutina demoledora de la que nos arrepentiremos no tardando mucho. Parece una triste contradicción que en la era de los artefactos mecánicos y del culto a la tecnología, seamos capaces de ignorar el conjunto extraordinario de instalaciones, maquinaria y herramientas que envuelven la minería del hierro, del wolfram y del carbón, chatarreadas sin control y sin piedad.
No voy a entrar a valorar las cuestiones económicas de este sector, ni su problemática de las últimas décadas -asunto en el que reconozco mis pocos conocimientos-, pero si me atrevo a destacar los valores culturales, e incluso turísticos, de los diferentes sistemas de explotación minera de la provincia a lo largo del tiempo. Hay suficientes manifestaciones materiales de nuestra inclinación atávica a hurgar en la tierra, que la actividad minera sería hoy el mejor argumento turístico para esta provincia, digno de un reconocimiento mundial. Y no hay que avergonzarse porque nuestra riqueza esté bajo tierra; peor sería que al no fijar bien nuestros recursos materiales y culturales, al final, los que quedemos enterrados seamos nosotros, sin trabajo y sin recuerdos… Había que hacer algo.