Raúl Cerejido Barba
Mala gente…buena crisis
Hace unos días oí a Ramón Freixa decir: «cocino como soy». Dicho así y para quienes no hayan probado la cocina de Ramón poco aporta esta afirmación. Es más, podría pensarse que esto es lo normal y que lo anormal sería precisamente lo contrario, es decir, actuar como no se es. Efectivamente, el «actuar como soy» es algo sencillo hasta para el más gris de los personajes; la penitencia va en el resultado, porque lo que está sólo al alcance de unos pocos, como Ramón, es que actuando tal y como uno es, el plato salga con el sabor, el aroma, la textura y la presentación adecuada.
Para que actuando tal y como uno es el resultado sea un producto excelente, resulta imprescindible disponer de una serie de ingredientes que no están al alcance de cualquiera. En primer lugar, «bondad». Ser buena gente es, como dice el profesor Marina, la forma más inteligente de ser inteligente; en segundo lugar, «pasión». Hay que poner pasión en lo que se hace y pasión sólo puede ponerse cuando uno ama realmente lo que hace; en tercer lugar «convicción». Estar convencidos de que lo que se hace vale la pena, de que debe hacerse y de que hay que hacerlo; y en cuarto lugar «esfuerzo». Esfuerzo entendido no en el sentido medieval y exclavizante que ha sido ensalzado recientemente por el presidente de Mercadona, sino como algo antagónico a lo rutinario, como una búsqueda permanentemente de nuevas ideas, de tratar de conseguir lo que nunca antes se ha logrado.
Bondad, pasión, convicción y esfuerzo o, dicho de otro modo, inteligencia, entusiasmo, ética e innovación, son «competencias» imprescindibles para quienes pretenden hacer las cosas bien actuando de manera natural «tal y como son». A los demás sólo les queda el teatro.
Pues bien, de todas estas cualidades es sin duda la bondad la más controvertida. La globalización económica y la complejidad y dinamismo en que operan los mercados, se han convertido en el caldo de cultivo adecuado para que las responsabilidades se diluyan y accedan al poder auténticos psicópatas organizacionales. Mala gente que, cegada por una ambición sin medida y sin más objetivo que su propio lucro y ambición personal, está dispuesta a cualquier cosa sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos sobre los demás. Gente que amparada en un falso «me pagan para ello» ha sido capaz de adoptar decisiones temerarias e injustas que han llevado a la quiebra a países enteros y que han abocado al desempleo y a la falta de expectativas a toda una generación.
A mi juicio, es esta falta de bondad de quienes nos dirigen, lo que nos ha llevado a la situación de crisis en que nos encontramos. Lo que explica, en gran medida, la pequeñez de los resultados en términos éticos y sociales y lo que ha hecho del producto final algo absolutamente indigesto, incomible, hediondo y repugnante.
Cuando un partido político, una empresa o una determinada institución selecciona un líder o un directivo en lo último que piensa es en la «bondad» del candidato. Es más, rige generalmente la creencia de que la maldad es atributo de los inteligentes y que la bondad es un lastre para el ejercicio del poder. En cambio, sí que buscan gente apasionada, convencida y con capacidad de esfuerzo. El resultado suele ser, con más frecuencia de la deseada, una bomba de relojería: mala persona, apasionada, convencida, dispuesta a esforzarse y con poder. Las consecuencias las tienen en las portadas y en las secciones de economía de los periódicos desde hace ya varios años.
Tanto para solucionar la crisis actual como para evitar que esto vuelva a producirse es necesario recuperar la bondad como ingrediente necesario para que el plato se mantenga en su punto y esto solo es posible a través de una profunda revisión del modelo actual de liderazgo. Quienes son capaces de engañar a un anciano para que invierta en humo su pensión de jubilación, de pasar por encima de cualquiera y a cualquier precio para saciar sus ambiciones personales o de defender sin ruborizarse que en cualquier caso el fin justifica los medios, deberían quedar automáticamente expulsados del sistema y sometidos a un profundo proceso de rehabilitación social. De lo contrario cualquier salida de la crisis será algo puramente coyuntural y estaremos irremediablemente condenados a que la historia se repita.